06 diciembre 2011

Estímulo y modelo.

Y el chico se va al banquillo argentino y les estrecha la mano uno por uno. Antes de celebrarlo con los suyos. Como si no hubiera ganado el punto que da a España su quinta Copa Davis. Como si no acabara de sacarse de encima a un martillo pilón en forma de gigante. «Del Potro será antes o después número uno del mundo y el próximo año estará de nuevo entre los cuatro mejores. Y no creo que sea yo el único que lo piensa», barrunta en la conferencia de prensa, rodeado del equipo.

«La felicidad es similar a cuando la consigue un compañero, porque al final el triunfo es de todos», asevera, sincero, ante la pregunta sobre las sensaciones de rematar una final por primera vez, algo que no le había tocado en suerte después de siete años en el equipo. «Será imposible repetir lo que hemos conseguido juntos», prosigue, con algo de testamento lícito.

Al calor de Nadal se ha desarrollado una generación extraordinaria. No se trata de restar méritos individuales a jugadores suficientemente contrastados en el circuito y en la propia Copa Davis, pero sería injusto obviar su papel como estímulo, a la hora de romper barreras, de dotar a nuestro tenis de talante ganador.

Mucho de eso volvió a encarnarlo ayer ante Del Potro, en un encuentro mucho más trabado de lo que se podía esperar con la paliza que llevaba encima el de Tandil tras sus casi cinco horas en pista ante Ferrer el pasado viernes. Dos momentos marcaron el desarrollo del punto a la postre definitivo. El primero y más importante, cuando el argentino tuvo tres bolas consecutivas para situarse 6-1 y 2-0. Nadal aún no había logrado conservar su servicio, antes de encadenar cinco juegos en los que lo haría en blanco. Salió del rincón y aprovechó los síntomas iniciales de fatiga de su rival, para igualar el encuentro a un set.

El segundo, ya cuando al campeón del Abierto de Estados Unidos de 2009 se le daba por muerto. Del Potro había renacido en el cuarto set y sirvió 5-3 arriba, pero cometió una doble falta con 30-30 que se reverlaría letal. Caminó hasta al tie break, pero ya no tuvo opción.

Son ya 20 victorias consecutivas de Nadal en la competición. Sólo perdió en su debut, hace siete años, ante Jiri Novak. Nunca lo ha hecho sobre arcilla. Nunca tampoco como local. La comunión con el público de La Cartuja fue emocionante. Nadie alimenta el entusiasmo de la grada como él, que nunca capitula, que siempre posee un golpe más, un motivo para alzar el puño y transmitir su fortaleza. Never say die, nunca digas muerto, dicen los ingleses. «Tenía que creer más que nunca en mí mismo, buscar la manera de ganar. Cuando remonté el 40-0 pensé que el partido empezaba para mí», explicó sobre su modo de afrontar la situación más crítica del encuentro.

Aún no ha llegado la hora de hablar de su legado, pues su renuncia sólo es para el próximo año, temporada con final olímpico. «He vuelto a ser el que más partidos ha jugado en total esta temporada, así que mi participación se hace imposible». Un Rafael Nadal con el temple que dan tantas temporadas en el circuito, predispuesto a la reflexión. «Con los años, uno valora más la dificultad de las cosas. Cuando eres joven, no puedes apreciar la complicación de algunos momentos».

Hubo un recuerdo especial para Carlos Moyà, a quien se dirigió presto en la ceremonia de felicitaciones, condolencias y agradecimientos. «Siempre ha sido alguien muy especial. Todos le tenemos un gran aprecio. Vivimos juntos aquella final [en 2004]. Sé lo especial que fue para él, al igual que para mí. Me dio mucha confianza durante la semana de la final. Tanto él, como los capitanes que me dieron la oportunidad, se merecen el recuerdo y el agradecimiento».

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