28 diciembre 2011

La tranquila transicion de China

China ha pasado a operar en punto muerto. El cambio de marcha lo ratifican muchos empresarios que trabajan en el país asiático: «Toda decisión está congelada». En 2012 toca renovar la vieja guardia del Partido Comunista, con una transfusión de savia joven que afecta al 70% de la plana mayor, al todopoderoso politburó y, por encima de todo, al dúo que encabeza la jerarquía del régimen.

Como una detonación controlada, el baile de nombres ha comenzado ya en administraciones de menor nivel y en las poderosas secretarías generales provinciales del Partido. Pero al igual que en transiciones anteriores, la estabilidad manda, hasta el punto de que el inmovilismo será la clave política durante el periodo que se abre en China.

El Partido seguirá mostrando su mejor cara a la población, por más que por dentro haya fisuras. Unidad inquebrantable que se prolongará hasta octubre, cuando el congreso quinquenal renueve su órgano central y éste, a su vez, elija a los 24 miembros del nuevo politburó. Sólo en algunos círculos muy limitados se elucubra sobre las implicaciones que tendrá el ascenso de los populistas -encarnados por el actual jefe de la ciudad de Chongqing, el carismático Bo Xilai-, o el de un estilo más liberal representado por el jefe político de Cantón, Wang Yang. A la luz de la historia reciente, el resultado podría pasar por acomodar a todas las facciones para favorecer el debate y la competencia -siempre internos- de ideas y estilos.

El Congreso verá el inicio de la partida de Hu Jintao y Wen Jiabao como presidente y primer ministro, dos líderes que, en distintos puestos del poder central y provincial, han determinado la evolución de China durante las últimas dos décadas. El futuro estará marcado por las figuras de Xi Jinping y Li Keqiang, la pareja llamada a tomar posiciones en octubre y suceder definitivamente a Hu y Wen a partir de la asamblea del legislativo, en marzo de 2013. La cadencia de los hechos está diseñada al milímetro y sólo queda por conocer si el traspaso de poder será de un corte limpio, o si Hu Jintao se aferrará a la Presidencia de la comisión militar para supervisar a su heredero.

«El cambio de poder dará forma a la evolución de la situación política de China y el Estado de Derecho durante toda la próxima década», dice a EL MUNDO Zhang Qianfan, catedrático de Gobernabilidad en la Universidad Legal de Pekín. Los problemas políticos y sociales se acrecentarán en 2012, explica Zhang, por los desafíos que plantea una economía que, aunque seguirá creciendo, ya da muestras de flaqueza. La languidez de la demanda global puede herir al sector exportador, los problemas de deuda en el nivel local podrían empezar a hacer estragos, y el pinchazo de la burbuja inmobiliaria genera ya poca simpatía entre la clase media, principal garante de la estabilidad social. «El Gobierno ha demostrado determinación para controlar los precios, pero todavía está por ver su efectividad», argumenta el experto.

El alto precio de la vivienda preocupa al chino de a pie, pero su caída repentina puede erosionar los ahorros de los urbanitas que la han comprado hasta el punto de querer protestar por ello. Ya está ocurriendo. En 2011 también hemos visto tomar las calles a trabajadores de fábricas que exigen salarios más altos y, en diciembre, a todo un pueblo que echaba al Partido Comunista de sus dominios en protesta por la expropiación de tierras. «El poco éxito a la hora de combatir la corrupción, el abuso de poder y la falta de un sistema efectivo para controlar el conflicto social erosionarán la estabilidad social», prevé Zhang.

«China se ha librado hasta el momento de las protestas que hemos visto en Oriente Próximo o ahora, por ejemplo, también en Rusia», explica Shen Youjun, catedrático de política en la Universidad Normal de Pekín. «Pero es inevitable que el Gobierno esté sufriendo la presión: es imposible que una sociedad permanezca estable cuando la brecha entre ricos y pobres crece como lo hace en China». Al cuadro hay que añadir los conflictos siempre latentes en Xinjiang y Tíbet. «Nadie espera cambios importantes en las políticas de los nuevos líderes», continúa el profesor. «Son jóvenes y tienen muchos años por delante para hacer cambios. Si son responsables, empezarán por la burbuja inmobiliaria, imponiendo un impuesto a la propiedad».

El nuevo liderazgo exigirá un reposicionamiento de los gobiernos en la región, así como de Estados Unidos o Europa. La mezcla de desafío y oportunidad que representa China podría agitar el debate durante la lucha electoral por la Casa Blanca o el Elíseo.

La muerte de Kim Jong-il en el vecindario también plantea retos. Sin ser favorito de nadie, el dictador norcoreano era al menos garantía de estabilidad en un país proscrito para la comunidad internacional, pero que para Pekín sirve de amortiguador frente al eje Washington-Seúl-Tokio. Los líderes chinos han mostrado su apoyo al sucesor, que encarna la perpetuación del statu quo. Mientras Kim Jong-un garantice la estabilidad, Corea del Norte estará más cerca de convertirse en provincia china, como apuntaba con ironía The New York Times al referirse a los intereses económicos del vecino.

Con todo, el primer acontecimiento que vigilará Washington en el calendario serán las elecciones legislativas y presidenciales de Taiwan, el próximo 14 de enero. La isla, reducto de autogobierno, que China considera parte de su territorio, elegirá entre dos opciones: el continuismo del Kuomintang, con un Ma Ying-jeou desgastado tras cuatro años de gestión, o bien la vuelta al Partido Demócrata Progresista, que podría resurgir de los graves escándalos del pasado en la figura de la pragmática Tsai Ing-wen. Para Pekín, la segunda opción supone un Gobierno más beligerante, incluso escéptico a la posibilidad de una anexión económica que viene ensayando China.

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