17 diciembre 2011

Umbral y Rabal no mentían.

Esta comedia de Eric Assous, que pone a diario el cartel de no hay billetes en el Teatro Amaya, viene apuntalada por el Premio Molière que le otorgaron en Francia el año 2010. El título original, L'illusion conyugal se ajusta más a la realidad de la obra que la traducción Los hombres no mienten. En contra de lo que diga Arturo Fernández y piense Aric Assous, todas las personas, incluidos los hombres, mienten. Otra cosa es la dimensión que queramos darle a eso que llamamos mentira. Alejandro Casona prefería la mentira que construye a la verdad que daña. Algo de eso pasa en esta comedia llena de líos, conyugales y extraconyugales, con la inteligencia de dejar un desenlace abierto lleno de incertidumbres para el torturado protagonista.

En esos momentos de drama e intriga sale el mejor Arturo Fernández, el galán muy maduro, derrotado y sin asideros; eficaz siempre con un público entregado e incondicional. Los hombres, pues, y las mujeres mienten. Y mentira o milagro parece la transformación de Sonia Castelo que pasa de gran señora llena de floripondios, en la primera parte, a guapísima mujer seductora, simuladora e infiel en la segunda. Sonia Castelo tiene una excelente voz y una dicción clara y cristalina.

Todos mienten, pero el gran Paco Rabal no mentía cuando me hablaba con admiración y respeto de Arturo Fernández, con el que hizo una estupenda película llamada Truhanes. Le ponderaba yo un día a Rabal el buen trabajo de Arturo Fernández en esa película y me contestó: «Es que hay gente muy equivocada ; es muy buen actor».

Para Paco Umbral, que compartía con él la golfemia madrileña, decía que Arturo Fernández vendía estilo, como Frank Sinatra. Y en eso le consideraba el número uno. Tiene su público y es fiel a un estilo de alta comedia que incluye en cada obra alguna o varias mujeres guapas; también venden estilo, como Sonia Castelo. Carlos Manuel Díaz vende eficacia y, al final, un talante vengativo ligeramente torvo.

Arturo Fernández es fiel a su público, que es una dudosa forma de ser fiel a sí mismo; con sus tics, sus frases hechas, su elegancia de Don Juan eterno: su estilo que le aplauden con entusiasmo. A lo mejor en eso consiste su juventud y su talante de triunfador en equilibrio perenne e inestable. Pero a la vista de algunos indicios pasados y presentes puede que Arturo Fernández sea más Arturo Fernández. ¿Qué pasaría si un día cambia de registro bajo la mano de un director joven y vigoroso que no se deje apabullar por esos tics del pasado? Me gustaría verlo. Y no sería por su parte una traición a su estilo; sólo un descubrimiento no necesariamente negativo.

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