03 marzo 2012

Esta es la realidad

Jamás cesará la discusión acerca del auténtico valor de la obra de uno de los escritores más fascinantes del siglo XX. Incluso quienes detestan las florituras exageradas de su prosa, incluso quienes se mofan de la supuesta importancia de su aplicación de las teorías de Einstein a la ficción, incluso los que no soportan su trascendentalismo pseudomístico y orientalizante, no pueden escapar al magnetismo que producen sus virtudes principales: la capacidad de creación de una ciudad y su antipuritanismo. 

Alejandría es más real en su Cuarteto que cuando se recorren sus calles. La atmósfera de ese islote de paz en medio de la Segunda Guerra Mundial, la evocación de unas vidas dolorosamente libres, el cosmopolitismo que es la esencia de esa urbe y de todas las urbes, la sombra de Cavafis recorriendo sus calles y creando el mito de esa ciudad en sus versos, los cruces de sexo y corrupción, desenfreno y pasión, permanecen en la mente del lector durante una increíble cantidad de años y, al menos en mi caso, me hacen perdonarle el uso rococó del lenguaje, la paparrucha einsteniana y hasta la pose gnosticista. 

Lawrence Durrell supo que los seres humanos buscamos una verdad que no soportamos, que no conocemos a los demás sino a través de la panoplia de lo que imaginamos de los otros, que no somos ni lo que parecemos ser ni lo que creemos ser. Es magnífico cuando nos dice que no hay remedio para nuestra desventura, cuando nos advierte de que huir de una ciudad que detestamos para irnos a otra que desearíamos amar no nos librará del pesar que la vida trae consigo. Y nos explicó de formas narrativamente convincentes que la carne reivindica su deseo incluso cuando creemos mantenerla sujeta entre rejas, que las formas socialmente aceptadas de la sexualidad son una violación de las tendencias propias de la humana naturaleza, y que los tabúes (la imposición de la monogamia, la heterosexualidad…) sólo sirven para sembrar la desdicha. 

Justine, tan promiscua y voraz; su esposo Nessim, consintiendo que Darley se la tire; Baltazhar, el oráculo y amigo del poeta de Alejandría; Mountolive, el diplomático de espíritu complejo; Pursewarden, en parte autorretrato; a veces palidecen cuando comparas sus figuras con las de la multitud de personajes secundarios del Cuarteto. 
De Lawrence Durrell quedará sobre todo este grupo de novelas, muy por encima de todo el resto de su obra. Gracias a él Alejandría es mucho más real que la realidad. Gracias a él, sabemos que vida es conflicto. Y que ponerle trabas al sexo resulta tan sencillo como ponerle puertas al campo. 

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