18 marzo 2012

La poesía del muletazo

Contra toros, como estos de Zalduendo, tiene que inventarse un antídoto; no una solución, que eso es ciencia difícil cuando la solución no existe. Pudo serlo el magisterio de Ponce en el abrupto terreno de las tablas; pudo serlo, sobre todo, la firmeza de Castella al que le birlaron una oreja plebiscitaria. A cambio se recuperó el valor de la vuelta al ruedo como expresión de la soberanía popular. Saldívar anduvo entre la cornada y la herida por arma blanca: los toros se lo llevaron por delante, una banderilla casi le saca un ojo y el estoque, rebotado, a punto estuvo de acuchillarlo. Malos toros de Fernando Domecq que es ganadero que busca el toro ideal como otros buscan la mítica piedra filosofal; disculpen el pareado, ha sido involuntario. Estos animales se quedan a medio camino del nobilísimo empeño de don Fernando: ni toros bravos ni bueyes de carreta.

Lo poco que se vio fue cosa de los toreros; Ponce plantó cara en tablas donde el toro, sin sitio, no podía seguir huyendo: o muleta o nada. Lo más compacto, con arquitectura de faena, fue lo de Sebastián Castella. Bravo el mexicano con los pendejos de don Fernando.

Y nada más. Para un cronista tardes así son duras. No es metáfora todo lo que reluce. Un torero tiene que torear para sí mismo, hacer del muletazo un verso necesario, no tanto para el público como para él. Y un escritor también. Los muletazos ayer eran una solución técnica, que no está mal, pero no eran la pasión del arte y de la vida. Cuando le dimos a Castella el Primer Premio Paquiro tuve la osadía de recitarle el poema de Rilke, Oda a Montes, in memoriam. Luego, en un aparte, entre su timidez y la mía, le expliqué la analogía entre «el verso necesario», de Rilke y el «muletazo necesario» de los grandes maestros: necesarios para seguir viviendo. 

Desde aquel preciso día, con la aprobación de Luis María Anson que ama tanto a Francisco Montes como a Reiner María Rilke, decidimos poner el Premio Paquiro bajo la advocación del poeta alemán. Todo torero grande lleva en su muleta los ángeles malditos que Rilke dejó volar a ciegas por el tajo de Ronda, cuando vino a España. Ronda y Toledo, dos formas de escarpada espiritualidad rilkeana. El misticismo estilizado del Greco y el misticismo cruento de los toros. La cultura de la pólvora es otra historia; otra estética hecha de ironía, sensualidad y caricatura. Las Fallas son Levante, pero no la estética del Mediterráneo, cuna de una cultura inmortal. El Mediterráneo también es un mar necesario. Y taurino. Por él nos llegó todo; el comercio fenicio, el Minotauro. Y los toros de Creta.

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