11 marzo 2012

Nada es demasiado bello ni demasiado caro

A los 48 años, Marc Jacobs es ya una pieza de museo. Un muñeco de plástico del diseñador estadounidense, vestido con una falda negra y luciendo su característico pendiente de diamantes, despide a los visitantes de la exposición Louis Vuitton-Marc Jacobs con que el Museo de Artes Decorativas de París rinde homenaje al couturier que ha logrado cambiar, en apenas 15 años, la historia de la legendaria casa de maletas francesa. 

Ni Hedi Slimane (que ha fichado finalmente por Yves Saint Laurent) ni Raf Simons (que no lo ha hecho aún por Dior). El verdadero protagonista de la última Fashion Week ha sido Jacobs. Primero, por su espectacular desfile del pasado miércoles en el Carrousel del Louvre. Y segundo, porque pocos estilistas de primera fila mundial pueden presumir de cerrar la semana de la moda parisina yendo a inaugurar una exhibición retrospectiva consagrada a mayor gloria suya y de la firma que dirige.

Sarah Jessica Parker, Gwyneth Paltrow, Kristen Stewart y otras celebrities presentes estos días en la capital gala no quisieron perderse ni una cita ni la otra. La presentación de las nuevas colecciones prêt à porter otoño-invierno 2012-2013 de Louis Vuitton fue un auténtico homenaje a los viajes en el Orient Express, con el escenario convertido en una estación de tren y las modelos bajando de viejos vagones escoltadas por revisores y botones uniformados. Sobre el catwalk, pudieron verse chaquetones, levitas, pantalones rectos o faldas por debajo de la rodilla y, como es preceptivo, lujosas maletas y baúles evidenciando el origen de la marca. 

«Nada es demasiado bello ni demasiado caro para presentar una colección de Vuitton», resumía el semanario L'Express al día siguiente. «Tras el tiovivo encantado de la temporada anterior, Jacobs se ha superado a sí mismo metiendo en la pasarela un tren de vapor construido para la ocasión y proponiendo una ropa especialmente romántica». Un éxito más, pues, para el último chico malo que le queda -tras la muerte de McQueen y la defenestración de Galliano- al negocio supermillonario de la alta costura.

No es de extrañar que la Maison Dior se esforzara durante todo el otoño para contratarle. El problema es que no llegaron a un acuerdo económico con su socio y amigo desde 1986, Robert Duffy, que es quien se ocupa de los números. Además, ¿quién quiere heredar el sillón de Galliano cuando en LV tiene libertad total para crear? Eso es lo que le prometió a Jacobs el empresario francés Bernard Arnault cuando le contrató, en 1997, para que liderara la diversificación de las actividades de la venerable casa de marroquinería. 

Apenas ocho años antes, el poderoso hombre de negocios se había hecho mediante una OPA hostil con el control del 42% del grupo Louis Vuitton-Moët Hennessy. Y quería a toda costa abrir las actividades de la casa de maletas favorita de la emperatriz Eugenia de Montijo al sector de la moda, los zapatos, los accesorios y hasta las joyas. A lo largo de dos plantas, eso es lo que viene a contar la exposición Louis Vuitton-Marc Jacobs, que estará en Les Arts Décoratifs nada menos que seis meses, hasta el 16 de septiembre: cómo hemos pasado de los excepcionales baúles que la familia Vuitton elaboraba durante el Segundo Imperio a un emporio de lujo que factura hoy 5.000 millones de euros anuales (según The Telegraph), por obra y gracia de este norteamericano barbudo y pelín extravagante. 

«Entrar en el museo no era mi sueño. Pero estoy muy orgulloso por lo que significa de aceptación de mi trabajo por parte de los franceses», ha declarado el diseñador a Le Monde. «En todo caso, esta exhibición no es sólo sobre mí, sino sobre la historia de Louis Vuitton», matiza en las páginas de L'Officiel de la Mode. «Para mí es un gran honor, sólo comparable a cuando recibí la distinción de Caballero de las Artes y las Letras». 

Marc Jacobs (Nueva York, 1963) es, según Time Magazine, uno de los 100 personajes más influyentes del planeta y según la revista Out, uno de los 50 gays más poderosos de América. Séptimo hijo de un matrimonio judío no practicante, su padre murió pronto y su madre «que estaba mentalmente enferma», en palabras del propio modisto- jamás se ocupó de los niños y se casó tres veces. El joven creció en el Upper West Side de Manhattan con su abuela paterna y estudió en la Parsons School of Design, ganando el Premio Perry Ellis en 1984, que le supuso el fichaje por esta casa, donde conoció a su fiel alma gemela Duffy.

Desde entonces, todo fue ascendente. En 1992, el Council of Fashion Designers of America le concedió el trofeo Women's Designer of the Year. Ese mismo año, diseñó para Perry Ellis un colección inspirada en el grunge que causó bastante polémica. Unos meses después, Duffy y él dejaban la firma para lanzar con notable éxito su propia marca. Para presentar su primera colección, Naomi Campbell y Linda Evangelista desfilaron gratis. En 1997 ficha por Vuitton. 

La exposición de Les Arts Décoratifs contextualiza a Vuitton y a Jacobs en su tiempo, dedica un piso a cada uno y, como dicen los comisarios Samantha Gainsbury y Joseph Bennett , «tiende un puente entre el siglo XIX y son sinónimo de audacia, excelencia y creatividad». En la primera planta, destacan el baúl tumbona de 1891 o las primitivas maletas con compartimentos. Pero lo más fascinante es descubrir cómo las piezas de marroquinería de Vuitton van pasando de la gruesa tela rayada de 1877 a la adopción del célebre logo Monogram como estampado emblemático para la posteridad. 

Basta subir unos escalones para toparse con el universo colorido y rompedor de Jacobs, que ofrece su particular santoral de iconos e influencias en una sala anexa a la entrada del segundo piso. Allí se mezclas vídeos de All that Jazz, Cabaret, El mago de Oz, El gran Gatsby, El último tango en París, Performance, El discreto encanto de la burguesía o Cómo casarse con un millonario con fotos de Bowie, Iggy Pop, Nastasja Kinski, The Simpsons, The White Stripes, Barbra Streissand, Sofía Loren, Liz Taylor, el vaquero de Marlboro, Mona Lisa con bigote -un homenaje a su héroe Duchamp- y su intimísima Kate Moss, en un batiburrillo referencial que recuerda poderosamente las instalaciones de su amigo Richard Prince. 

Traspasado el umbral, el universo multicolor de Louis Vuitton versión siglo XXI se ofrece en mural de 53 bolsos con el monogram revisitado y pintarrajeado con grafitis, que conduce a un maniquí femenino luciendo lencería negra y botas sadomaso colocado a cuatro patas. Plumas, cabezas de animales, un peep show con agujeros en la pared para mirar cual voyeur videos de todos los desfiles, colaboraciones con el citado Prince o con Murakami, un reloj gigante con piernas y zapatos de diseños sorprendentes. «El secreto de nuestra permanencia en la cumbre es no caer en la tentación de la fórmula», explica en un cartel el protagonista. «Se trata de sorprender y no repetirnos jamás, de resultar siempre impredecibles».

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