22 abril 2012

Viviendo de prestado

Un actor suele ir de paisano cuando va precedido de unas gafas de sol en día de lluvia. José Sacristán es actor. Las gafas, Ray Ban, son de cristal muy oscuro. Le apoyan en lo alto de una nariz de mucha proa. Sacristán es como lo ves. Sacristán es un ciudadano locuaz que echa la vista atrás y, en lo que tiene de ateo, es capaz de repasar su vida con una dialéctica emparentada al milagro. 

Lleva acumuladas más de 120 películas. Hubo un tiempo en que era uno de aquellos don juanes rebajados que perseguían en calzoncillos a señoritas. El cine de los 60 en España. Esos filmes de Sáenz de Heredia y Mariano Ozores en los que se curtió con una dignidad de comunista templado. No rechaza aquellas piezas. No rechaza nada. Guarda la gratitud del que no olvida las oportunidades que lo sacaron del oficio de tornero cuando quería ser Tyrone Power (Tirone Povuer, para entendernos). Descubrió en el cine de su pueblo que había otros mundos. Cuando era un niño concéntrico y se sentaba en delantera de gallinero. A peseta el hueco. 
Es un ejemplar de Chinchón, nacido en 1937. Empezó de flaco y de flaco continúa, aunque ya untado de canas. Es hijo de campesino represaliado. El chaval del Venancio, al que conoció tiempo después de nacer en un despliegue de cárceles y campos de reclusión. Sacristán calzaba seis años cuando descubrió que aquel señor como un menhir que lo besaba tanto era el padre ausente. Delito: ser republicano. A esa edad, Sacristán era el resultado básico de una dieta de puré de harina de almorta, el método Dukan de los vencidos. 

Hoy, es un actor que se ha habilitado como intérprete en algunas películas de buen recuerdo de la Transición: Asignatura pendiente, El diputado, Solos en la madrugada, Un hombre llamado Flor de Otoño... Y entonces, arrancó una carrera donde el cómico de siempre se empleaba en dramas nuevos: La colmena, Epílogo, El viaje a ninguna parte, Madregilda, Un lugar en el mundo. A ratos pone al hablar la mirada en cielorraso y le pega al café tres golpes de cuchara mientras por el ventanal dice con esa voz de José Sacristán... 

-No, no, no me gusta esto que vivimos. Se ha producido un desmantelamiento moral de la izquierda. Hemos estado mirando a no sé dónde durante demasiado tiempo. Hemos contribuido a alimentar el monstruo. 
-¿Qué monstruo? 

-Este capitalismo salvaje que ha operado impunemente. Alguien tendría que haber alertado de que lo que se avecina es una Tercera Guerra Mundial disfrazada. Un conflicto con sus muertos laborales, civiles, éticos, sociales, inmobiliarios... Mientras vivamos de prestado no podremos avanzar. El socialismo de salón ha sido vergonzoso. Hemos llegado a una falta de autoridad moral increíble. No están dejando salidas al ciudadano honesto. Y si el modelo con el que revertir esto es Eurovegas... 
- ¿Qué crees que ha fallado? 

-Pues la clave me la dio no hace mucho el presidente de Uruguay, José Mujica. Estuve con él en su casa cuando fui a Montevideo con el espectáculo Caminando con Antonio Machado. La izquierda, me dijo, se empeña en eslóganes y posiciones caducas. El auditorio de hoy es otro. Y tiene razón. Hay demasiados pronunciamientos de la izquierda que no se sabe a quién se dirigen. Así que estamos obligados a echar mano de un sentido crítico implacable. 

-¿El escepticismo es la salida? 

-Tampoco eso. Yo no soy escéptico, sino riguroso. Lo que sucede es que hoy uno tiene más datos y estos no apuntan al optimismo. Por eso mantengo muy vivo el niño que fui. Y le guardo un gran respeto porque las pasó jodidas. No quiero que me arrebaten la capacidad de jugar. Y por jugar sigo también en este oficio, para hacer creer al otro que soy el que no soy. No quiero engañarme. No quiero más tristeza ni aburrimiento. No hay manera de sobrevivir a este presente si no somos mitad piadosos, mitad cínicos con nosotros mismos. 

- Y el cine... 
- Ése no me ha fallado. Igual que el teatro. He contado con gente que me ha tenido en cuenta. Después de aquellas películas de los 60 irrumpió la generación de Garci, Drove, Gonzalo Suárez, Eloy de la Iglesia, y junto a ellos estaban Dibildos, Antonio Martín y otros. Unos querían combinar el cine comercial con el crítico. Otros, quizá con la impaciencia de los malos aprendices, sólo querían cargarse lo anterior y tomar posesión de su tiempo... Pero me tuvo en cuenta... Cómo no estar agradecido. 
En Sacristán hay algo monologal cuando coge carrerilla. Gasta una pasión sin sordina. Y si lo observas de cerca ves que en la profundidad de sus anticuerpos puede que esté el mosqueo, pero nunca el rencor. En el teatro ha dado también señales favorables, como en Las guerras de nuestros antepasados, algunas sesiones del viejo Estudio 1 o La muerte de un viajante, donde era aquel Willy Loman que veía sigilosamente las ruinas de su vida derribada. «El teatro y el cine son gimnasias distintas», dice. «El teatro, hasta hace unos pocos años, ofrecía la posibilidad de ejercitar todos los músculos. Y a mí me ha dado una gran disciplina. Pero ahora...». El café se ha acabado en un último sorbo con golpecito de nuca hacia arriba. 

- ¿Tu vida está bien cumplida? 
- Mi vida sigue en marcha, pero entre lo que se suponía que esto podía dar de sí y lo que está dando hay un mundo. 
- ¿El sufrimiento de aquel niño no ha dejado una herencia de rencor? 

- Es que tengo escasa capacidad para el odio. Pero no por bondad, sino por comodidad. Por ejemplo, si para hacer una buena película hay que pasarlo mal prefiero hacer una no tan buena... No olvido, pero rencor no acumulo. 

Si José Sacristán se pone serio hay algo de severidad perfectamente musculada en ese rostro de alcayata. Pero no puede borrar una sombra de humildad en las cejas. Así lo ves en la última película que ha estrenado: Madrid 1987, de David Trueba. En ella es un conocido articulista forjado en la gloria de la Transición, altivo y pedante, que vive una extraña mutación en su aventura de lavabo con una joven estudiante de Periodismo (María Valverde), a la que da lecciones de vida. Terminará deslumbrado por el ácido concentrado que la juventud le muestra. «A cualquiera mínimamente sensible le puede pasar lo que a ese hombre. En el oficio y en la vida. Aprender de los jóvenes es lo más aconsejable para no acartonarse. Confío en que los chavales le den en su momento la vuelta a todo esto que vivimos. He aprendido de María en este rodaje. Es una actriz estupenda. Además, tiene un Goya. Y yo no he estado ni nominado, así que algo tengo que aprender».

- ¿Nunca has sido candidato? 

- Lo digo sin acritud. Aunque no, ni nominado... Pero hablábamos de aprender de los otros. Yo vengo de una generación de actores cuya formación se afianzó, fundamentalmente, mirando. Y luego con un concepto de la interpretación más bien académico, declamatorio, porque el camino de la verdad pasaba por cierta pose y entonación. Así que uno se ha hecho observando a otros trabajar. Con esfuerzo. Y no como ahora, que muchos quieren interesar a la mayor parte de gente en el menor tiempo. ¿Sabes por qué? Porque hay algo muy desdibujado ya en la escala de valores. 

Sacristán, como anunciando el punto y final, se echa para atrás en la silla. Llevamos un buen rato adobando la conversación con el tiroriro de una tragaperras. En un momento de delirio discursivo la ha mandado callar. Sin éxito. La peña lo observa con esos destellos en la mirada de quien descubre a un famoso. Echándole los ojos encima dos veces: una de oficio y otra de confirmación... Y sin esperarlo, Sacristán resucita con esa voz de barítono en zigzag y exclama: «Que los del cine lo tenemos hoy muy jodido, hombre, muy jo-di-do». Pago yo.

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