21 mayo 2012

En las antípodas del cine

Cannes es, por definición, el reino de las máscaras. Nadie quiere ser el que parece cuando se levanta de la cama. Toda la ciudad vive de la ocultación, la trampa, el maquillaje. Sólo hay una excepción: los que pasean por la Croisette con cara de imbécil. Ésos, irremediablemente, lo son. Y cumplida la salvedad, el juego de toda la ciudad es ser otro. Nick Cave, por ejemplo, compareció de la mano de Lawless y no lo hizo para presentar la música (que también) sino para ser otro: el guionista. «Me interesa la forma tan pura de retratar la violencia de la historia», dijo para justificar su sitio en los créditos.

A su lado, el director australiano John Hillcoat, y no lejos, el cineasta rumano Cristian Mungiu. Y, qué cosas, ninguno de ellos dio la medida exacta de su apariencia. Los dos, con dos formas radicalmente diferentes de entender el cine, eran esperados en Cannes como, quizá, los elegidos. El segundo presentaba Beyond the hills y, a su alrededor, se concitaba el fantasma de Cuatro meses, tres semanas y dos días, una de las más brillantes palmas de oro de los últimos tiempos. Entonces, la amistad de dos mujeres servía para abrir una rendija en la pantalla del cine desde la que contemplar todos los pliegues posibles de eso llamado alma humana. Tal cual. La cámara apenas se inmiscuía en la acción, dejaba que los personajes se mostraran desnudos. Era el espectador el que construía la película. Y así, el viaje equinoccial de dos seres errantes y perdidos ofrecía algo más que la perfecta radiografía del desastre. Era nuestra más íntima y personal catástrofe la que, de golpe, quedaba fotografiada.

Pues bien, el director vuelve a insistir en las claves de antaño para ir más alto, más lejos... y peor. De nuevo, dos mujeres, quizá amantes; de nuevo, la gélida sensación de abandono. Las dos protagonistas se reencuentran en un convento después de tantos años. Una vuelve de Alemania y la otra vive allí. Lo que sigue es una disección de la religión en general y del fanatismo en particular, tan turbador como brutal. Y brutal, eso sí, en el más amplio y escrupuloso de los sentidos. Atosigante sería más correcto. Lo diremos: un auténtico mazazo (ladrillo, corregirán otros).

El problema consiste en que el director se muestra de principio a fin inmisericorde con el espectador. En las dos horas y media largas que dura la cinta, cada plano-secuencia está ahí para recordarnos que detrás hay un autor. Lo que en su trabajo anterior era naturalidad, aquí se antoja de una autoindulgencia que abruma. Eso sí, si se supera la prueba (es cuestión de resistencia), la sensación que queda es tan lúcida como hiriente. Y todo ello con el estómago del revés por culpa del vértigo que provoca el absurdo. Nadie ha dicho que Mungiu haya perdido esa capacidad insólita para la carcajada grotesca. Hay esperanza, pues, de que vuelva a ser lo que parece.

A su lado, Hillcoat. O mejor, en la esquina contraria. Si el rumano intenta refundar el cine en cada plano, el director de Lawless se esfuerza por recrearlo. De la mano de Nick Cave en su tercera colaboración juntos, la cinta invita al patio de butacas a rescatar viejos mitos del celuloide como la ley seca, los gángsters, los tiros y las sonrisas ladeadas. Y un poco de rock'n'roll. Y en medio, Jessica Chastain. La historia de tres hermanos en los años 30 de la prohibición le sirve así a Hillcoat para hilvanar su propio homenaje a los recuerdos que cualquiera, visitante asiduo del género o no, puede tener de la época. Entre la nostalgia y la rutina. No entusiasma, tampoco molesta. Todo ello, eso sí, demasiado ajustado a razones, demasiado calculado.

Es decir, ninguna de las dos películas terminó por ser lo que, de entrada, parecía. Pero eso en Cannes es regla. Salvo por los imbéciles.

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