Michelle Pfeiffer preciosa e inteligente

Viene de la página anterior provocar orgasmos de los aficionados a la manera simbolista. Gian Luigi Rondi, director de la Bienale, y Pontecorvo, director de la Mostra, mantienen una batalla tan disimulada como feroz sobre el presupuesto económico y la orientación política que le corresponden al gran escaparate cultural que supone Venecia, y Pontecorvo ha pedido ayuda a los americanos a cambio de convertir el Festival de Venecia en una inmejorable promoción europea del cine de las multinacionales.

Luminarias tan distinguidas como el tortuoso y frecuentemente genial Martin Scorsese, la preciosa e inteligente Michelle Pfeiffer, el camaleónico y sólido Daniel Day Lewis o la enanita posmoderna Winona Ryder, acaban de narrarnos lo felices que se sienten por haber rodado La edad de la inocencia.

El monarca progresiva y alarmantemente cochambroso Steven Spielberg, ha anunciado su llegada para promocionar esa fastuosa operación de marketing titulada Parque Jurásico. También el enigmático Robert de Niro, guionista, productor, director e intérprete de Historias del Bronx. También la viscosa Madonna, tal vez para vendemos algún nuevo e inofensivo diseño de su estomagante kamasutra de plástico. También el sinuoso y narcisista John Malkovich, coprotagonista con Eastwood de En la línea de fuego.

También la atractiva y descomunal humanidad del justificadamente carismático Harrison Ford, protagonista de El fugitivo, aquella serie televisiva que proporcionaba semanalmente dosis de alta emoción y adrenalina durante la televisión de los sesenta a los angustiados espectadores de la injusta persecución que sufría el inocente doctor Richard Kimble, al que prestaba sus prominentes orejas el hierático David Jansen.

También el ácido y resentido Robert Altman, terror de los «players» y de todo lo que huela a convencional. Como ven, Hollywood se ha enamorado de Venecia. Para compensar de tanto oropel yanqui, Pontecorvo también ha invitado al insufrible onanista Jean Luc Godard, al hipermoderno Gus Van Sant, al solemne Carlos Saura (se había olvidado del cine español, pero al final el aguerrido y numantino Lamet impuso sus reivindicativas súplicas), al extraordinario místico polaco Krzysztof Kieslowski y al siempre admirable poeta del cine italiano Ernanno Olmi.

Un cartel prestigioso y heterodoxo para celebrar el cincuenta aniversario de un Festival al que le ha ocurrido de todo en su azarosa y apasionante existencia.

Nos han prometido visitar el País de las Maravillas, pero hasta el momento lo más habitual es el educado acoso de innumerables policías que revisan cada centímetro de tu bolsa y de tu anatomía buscando esa disuasoria bomba que tal vez hayan decidido camuflar el capo Totó Rina y su socio Giulio Andreotti con la intención de jodernos la fiesta y aumentar su siniestra y homicida popularidad. Todo dios se ha puesto muy guapo para animar el carnaval pero algo flota en el ambiente que desluce el pretendido colorido.

Ya veremos cómo se desarrolla la movida. Pero hablemos de películas y dejemos la frívola crónica mundana o la socorrida descripción de la magia y de la melancolía venecianas, que es a lo que me dedico en los festivales excesivamente sádicos con mi paciencia cinéfila. La edad de la inocencia, que ha inaugurado la Mostra, supone el patético esfuerzo de Scorsese por ahuyentar a sus demonios permanentes y transformarse en el Ophuls de «Madame D» Carta de una desconocida y Lola Montes, en el Wyler de La heredera, en el Visconti de Senso y El Gatopardo, en el Truffaut de Las dos inglesas y el amor.

El neoyorkino compulsivo y lleno de fiebre, el investigador del lado oscuro, el violento analista de la violencia, el mayor acaparador del ruido y la furia en el cine moderno, pretende con su adaptación de la que imagino sutil y emocionante novela de Edith Wharton (no la he leído nunca pero el tema y las reflexiones del narrador lo hacen intuir) realizar una hipercuidada, clásica y romántica película de época, un retrato sereno y elegantemente amargo de la victoria de las convenciones sociales sobre el auténtico y salvador amor, una disección acerada de la rigidez moral y del fracaso emocional de los que no se atreven a rebelarse contra ella.

Cuenta la imposible historia de amor en la Nueva York de finales del siglo XIX, en la América de la aristocracia wasp, entre un hombre que se casa por conveniencia social con quien no ama y una mujer extranjera que supone la transgresión contra todo lo que supone la vida de este hombre. Majestuosamente realizada (Scorsese recurre a viejos maestros como el diseñador de títulos de crédito Saul Bass y al músico Elmer Bernstein para que le ayuden a crear el clima apropiado), primorosamente interpretada por Michelle Pfeiffer (Frears ya descubrió en Las amistades peligrosas lo bien que le sentaban los trajes de época a esta actriz fascinante), con una ambientación y una potencia visual con capacidad para deslumbrar a cualquier tipo de espectador, lo único que falla en esta película es la verdadera emoción, el desmelenamiento melodramático que necesita una historia tan triste, apasionada y romántica, la convicción del director para transmitimos el volcán emocional en el que habita esta desgraciada pareja. El material es inmejorable para que se me humedezcan los ojos y se me encoja el corazón pero no logró conmoverme, compartir su tragedia, implicarme visceralmente.

Scorsese domina genialmente el escenario pero falla a la hora de exponer sentimientos en carne viva. Sólo el escalofriante plano final (un hombre viejo espera que aparezca en una ventana lo que pudo haber sido y no fue mientras recuerda el inolvidable momento de su enamoramiento y la desgarradora trascendencia de la pérdida) logra esa atmósfera que permanece para siempre en el recuerdo y en las sensaciones. El resto es lujo y talento, intentos de Scorsese por adentrarse en caminos desconocidos, por huir de sí mismo y de sus obsesiones.

El último año debe de haber sido muy duro para ese hombre genial llamado Woody Allen al que una mujer lógicamente despechada y unos abogados lo suficientemente canallas acusan de pederastia con sus propios hijos y de otras monstruosidades dignas de Gines de Rais. Es el malo de la sórdida historia para esa inquisitorial e implacable opinión pública que acabará enviándole al exilio, como hizo con Chaplin y con Polanski.

Si la extraordinaria, lúcida y terrible Maridos y mujeres reflejaba todo tipo de crisis en el universo de este neurótico con causa y con gracia, de este psicoanalista colectivo, la relajante y divertida Misterioso asesinato en Manhattan supone el esfuerzo de Allen por liberarse de la tensión vital y la presión afectiva que está sufriendo.

Hay maravillosa ligereza en ella, vocación de realizar una comedia policíaca que tal vez no arregle los problemas de la humanidad ni refleje las esencias de la naturaleza humana pero que va a hacer reír al autor y a los espectadores, reencuentro gozoso y cómplice con una Diane Keaton que le sigue el rollo con la familiaridad que otorga el conocimiento exhaustivo del que fue su amante y ahora es un amigo angustiado, homenajes innumerables y excelentemente escogidos a un cine negro que le hizo feliz (Perdición, La dama de Shangai, La ventana indiscreta, La semilla del diablo, El silencio de los corderos), secuencias gamberras y enloquecidas como en sus primeras e irregulares películas, cuando todavía no tenía que responder a la incómoda etiqueta de genio del cine.

Su terapia por medio del cine es muy saludable. No importa que aparque durante una larga temporada su angustia existencial y que nos haga reir exclusivamente en vez de hacemos pensar. Personalmente agradezco más que me regalen una carcajada que la trascendencia de las obras completas de los grandes pensadores de la Humanidad y en Misterioso asesinato de Manhattan hay varias secuencias (particularmente el ataque de claustrofobia que sufre Allen en un ascensor) que derrochan gracia y esplendoroso sentido de la parodia y del humor.

No es una obra maestra ni falta que le hace, pero posee frescura, ligereza, vitalismo, humanidad. Su tema: un matrimonio de yuppies sospechan que su encantador vecino se ha cargado a su mujer y deciden investigar lo que ocultan las apariencias. ¿Que les suena el argumento? A mi también, pero lo he pasado muy bien con un desarrollo que resulta previsible. No podrá ausentarse el muermo en un festival que le tiene un cariño ancestral. Lo ha aportado la histérica e insoportable Liliana Cavani, una directora que desconoce el sentido del ridículo. ¿Dónde estáis?, yo estoy aquí, va de madre con hijo sordomudo que se empeña en que éste se integre en el mundo de la gente sin limitaciones físicas y psíquicas y pase de coleguear con los sordos y con los marginados. Una idiotez con pretensiones, en la línea de su creativa autora.

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