23 agosto 2012

El amigo íntimo de Jerry Lewis

Conocí a Jerry durante una cacería de bosquimanos en la Selva Negra. El era el jefe de la expedición y tenía a su cargo a quince negros que le transportaban la botillería y un tremendo piano blindado en el que tocaba mientras los negros se reían no sé de qué. Había conseguido enrolarme en aquella expedición gracias a mi nulo parecido a ninguna estrella del rock del momento y por lo tanto no tuve problemas para conseguir un empleo de vistosa enfermera de safaris.

Una noche estaba depilándome las orejas cuando entró como un benemérito en mi tienda, me miró fijamente al tupé y me dijo: «Tú bastardo, jodido hijo de Satanás, perro sarnoso, berberecho purulento, me la jugaste con aquella recepcionista de Montreal (ésto lo dijo más bajo) me las vas a pagar, ahora seré yo quien me ría» y lanzó una carcajada que convirtió mi desinfectada tienda en una whiskería de Kentucky. Imploré de rodillas que me perdonara y hasta le ofrecí el «silbo vulnerado» de aquella muchacha que aún guardaba embalsamado en un frasco. 

No hubo forma. Sentí la punta de su brillante zapato negro golpeando en mis púdicas partes repetidas veces. En total fueron cuatro patadas y curiosamente sonaron los acordes de algún viejo rock and roll. Aquella noche nos hicimos amigos por aquella noche.

Hablamos del ridículo que hacen los surfistas, las horribles películas de Elvis Presley, lo gordo que está Montana y lo mariquita que era el Little Richard. Nos bebimos todo el bourbon que había en el campamento, el petróleo de las lámparas y hasta el formol donde guardaba mi conquistada reliquia con ella incluida. Al despertar tenía el cuerpo enterrado en la arena y la cabeza llena de hormigas rojas y gorgojos republicanos. 

El campamento se había desmantelado dejando el suelo lleno de manteles tras su marcha y dejándome solo. Gracias a una hernia de disco pude salir de la tierra girando y llegar hasta aquí sano y salvo, después de caminar dos semanas sin agua y con una boca que parecían los calzoncillos de Poch. Han pasado los años y todavía retengo en mi memoria tu enorme fortaleza, tu voz potente y generosa el castigo que imponías en tus interpretaciones al sufrido piano pero tu cara... ¿Qué ha pasado con tu cara?

La he visto en los carteles que anuncian el concierto y no sales tú. ¡Sale Dennis Quaid! iQué chasco se va a llevar alguna quinceañera despistada de esas que tanto te gustan cuando te vean salir al escenario con tus 55 años todo pellejudo, ja, ja, ja. Lo que os vais a reír.

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