12 septiembre 2012

Días aciagos de exámenes

Exámenes significa días aciagos de tráfico incesante de miserables apuntes, desasogadas inquisiciones sobre puntos flacos y puntos sádicos de tal o cual profesor, noches ansiosas memorizando aceleradamente un conocimiento académico comprimido, banalizado, reciclado las más veces en procesos de tercera, de cuarta mano a través de más o menos pícaros manuales, significa la ansiedad de la espera en aulas, demasiadas veces revestidas de siniestras citas cuartelarias, el sentimiento humillante de ser tratado masivamente lo mismo que rebaño, bajo las miradas y los gestos altivos de los agentes de conocimiento institucionalmente sancionado, pero intelectualmente fraudulento, supone el sabor amargo de un sádico rito institucional que anuda inquisitorialmente un conocimiento entendido como exterior y la vigencia criminal.

Los exámenes quieren decir, en fin, el sentimiento de frustración y de asco que acompaña necesariamente un sistema de calificaciones que mide lo más miserable de las facultades intelectuales del estudiante: no su capacidad de crear, de perseguir un deseo o una curiosidad intelectuales, de realizarse personalmente a través del conocimiento comprendido como proceso interior, sino: capacidad de reproducir, de obedecer a contenidos de un conocimiento por definición incuestionable, lo mismo que en los principios monacales de autoridad que definió Loyola, el mayor educador, precisamente, que ha tenido la moderna cultura española.

La letanía argumentativa de la burocracia académica: es un mal irremediable, tiene que haber orden, el control es de todos modos necesario, el problema es la cantidad inmensa de estudiantes, en todas partes sucede lo mismo, el sistema no es perfecto pero no se puede cambiar nada... iNo! El desprecio a todo principio de dignidad intelectual del estudiante y el despotismo disciplinario que distingue al sistema español de exámenes constituye una característica original. Posee arraigadas tradiciones teológicodogmáticas. Es el resultado indirecto de una cultura que no ha pasado por un proceso de modernización real, esto es, de crítica, de reflexión, de ilustración. 

Y constituye, además, un ritual de agresiones y humillaciones de todos contra todos que alcanza los puestos más altos y los más bajos de la rígida pirámide organizativa de esta Universidad. Es decir, una herencia de una sociedad que apenas ha despertado a formas democráticas en fecha demasiado tardía. Yo no puedo relatar a este respecto mi personal experiencia como algo particular que se distinga de la vida de otros colegas. 

Tribunales vejatorios, espectáculos de risible pedantería e ignorancia en la defensa de tesis doctorales, el normal procedimiento mafioso en la dotación de posiciones docentes en cualesquiera niveles académicos, el ajuste de cuentas intelectual mediante medidas de punición administrativa, son aspectos tan habituales y tan comunes que lo sorprendente y aún sospechoso es más bien ponerlos en cuestión.

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