16 septiembre 2012

El síndrome democrático

Así llama Hermet con mucho acierto un fenómeno que no está muy lejos de nuestras flamantes democracias. Se trata de la fascinación por los dictadores, de la que no es ajeno ningún sector del abanico democrático.

Este síndrome avanza de manera tranquila y de ninguna manera se pude decir que se da solamente en energúmenos deshumanizados. Se acostumbra a pensar que el fascismo atañe únicamente a la extrema derecha y parece olvidarse de que, en realidad, puede introducirse por todas partes. Nos basta hacer la lista de los hombres de la izquierda que se han convertido al fascismo o al nazismo, como Mussolini, el mariscal polaco Pilsudski, el ex laborista Oswald Marcel Deat, Jacques Doriot y otros muchos. El engaño está en señalar solamente las cabezas, cuando las corrientes fascistas han sido movimientos de masas que traducían ciertos tipos de expectativas populares. Por lo demás, nunca el pueblo fascista se ha sentido más identificado que en los jefes que mejor encarnaban su condición plebeya.

Ahí está Adolfo Hitler para demostrarlo. Millones de hombres le creían cuando exclamaban: «Sabremos otra vez lo que es la libertad en cuanto hayamos destruido a los enemigos de la libertad». También en Francia, en los años treinta, se produce la penosa procesión hacia el fascismo de muchos intelectuales, guiados por las mismas ilusiones altruistas.

En tiempo más recientes, la misma aberración de sentimientos dirigió el paso, fascistoide en un tiempo, del obispo brasileño de Recife Mons. Hélder Cámara, convertido, tras sus extravíos juveniles, en el mascarón de proa del catolicismo postconciliar progresista. De todo esto se deduce que una democracia difícilmente puede sostenerse sin una sólida legitimación, y esta legitimación no puede salir solamente de la pura consensualidad.

«Si Dios no existiera, habría que invertirlo. ¿Qué genio puede con sus creaciones suplir en un instante esa gran idea protectora del orden social y de todas las virtudes privadas?» Esto lo escribió nada menos que Maximiliano Robespierre. Y es que el sentido democrático se apoya también en la creencia. Por eso Hermet, después de su estudio exhaustivo no se avergüenza en afirmar: «Aunque se le han venido imputando, de ordinario, los peores pecados contra el espíritu de la libertad, el catolicismo sacaría por comparación una buena nota democrática. Dejando aparte la Inquisición, no hay que olvidar el hecho de que el movimiento de liberación desarrollado a partir del siglo XVI por la Reforma deriva de la gran revisión de valores que llevó a cabo el catolicismo medieval». Pero esto nos llevaría muy lejos y nos obligaría a reforzar en profundidad la fragilidad de nuestras democracias contemporáneas. Otra vez será.

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