16 septiembre 2012

La puerta entornada de la otra Europa

Es el ejemplo extraordinario de un antiguo conflicto -entre teutones y eslavos (y entre magiares y rumanos)- que ha creado su propia síntesis a través de la religión. Las rechonchas iglesias de madera del credo uniata, con sus paredes y sus techos pintados (la mayoría construidas en el siglo XVIII), pueden encontrarse cerca de las fronteras de varios países, pues Rutenia también es el eje sobre el que giran Hungría, Rumania, Polonia y Checoslovaquia. Por eso, no resulta sorprendente que la URSS decidiera ocupar permanentemente Rutenia en 1944. Del mismo modo, un viaje por este lugar ofrece un observatorio privilegiado para comprender las interesantes y tal vez históricas novedades que han ocurrido en Europa el último verano. Hay otra razón lógica para hacer un viaje semejante. En la «casa común europea» que ha Mijail Gorbachov, abarcando (tal como lo hubiese hecho el general De Gaulle) desde el Atlántico hasta los Urales, hay aún algunas habitaciones secretas.

Algunas tienen la puerta entornada, otras están cerradas a cal y canto. Algunas tienen telarañas en el tirador y, cuando entras, un extraño olor rancio. Este hogar común, después de todo, es una casa antigua y junto a los ecos distantes de las risas de los niños hay fantasmas, esqueletos y memorias que tal vez han sido olvidados a propósito. Algunas habitaciones son desvanes, llenos de los trastos viejos abandonados hace siglos: baúles con zapatos y vestidos viejos, modelos vivientes de antiguas sociedades e insinuaciones de antiguas felicidades y amoríos. Otras son bodegas sombrías que evocan tristeza, desastre, tragedia y la muerte de comunidades enteras. Todas ellas son una parte -a menudo olvidada- de nuestra casa europea.

Por eso hemos explorado algunas de las habitaciones de lo que una vez se llamó «Mitteleuropa» -Centroeuropa-, viajando en barco y tren, en avión y coche, y abriendo puertas a través de oscuras fronteras. Ha sido una experiencia esclarecedora y saludable. Un viaje al pasado tanto como al presente. Pero Europa Central no sólo muestra las cicatrices de la segunda Guerra Mundial en la superficie. También conserva un marcado aroma del antiguo imperio austrohúngaro, una entidad que (para los occidentales al menos) ha desaparecido en el interior de los libros de historia. Por eso un viaje alrededor de Rutenia debe comenzar en Viena y terminar en Praga. En Reichsbrücke, el embarcadero de Viena, justo río arriba del Prater, en cuya noria Orson Welles y Joseph Cotten quedaron inmortalizados en El tercer hombre, el Danubio fluye rápido y caudaloso.

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