18 septiembre 2012

Un canto a mi mismo

Este libro heterogéneo de memorias poéticas se instala de pleno en la literatura del yo. José Luis Cano, con su larga trayectoria cultural a cuestas, nos confiesa: «Lo cierto es que cuando, pocas veces, me decido a escribir, a rellenar páginas de mis cuadernos, por regla general no escribo sobre otra cosa que no sea yo mismo» (pág. 53). Esa sinceridad le honra, pues ¿acaso se puede escribir de una manera diferente? Y de algún modo el libro es, sin embargo, un libro de otros: un libro de lecturas y relecturas de los personajes y textos en donde el poeta reconoce el impacto recibido de otras mentes poderosas. Los Cuadernos de Adrián Dale -pseudónimo que utilizó José Luis Cano durante la posguerra- se dividen en realidad en tres géneros distintos de creación literaria: las introspecciones, las lecturas y los retratos. 

El primero de estos géneros da lugar a textos como «Diálogos con Adrián» «Hormigas junto a la Bahía» o «Adrián y el Hastío». Se escriben desde la memoria sureña: Málaga o Algeciras al fondo, con la sombra cenicienta de Gibraltar. Las lecturas son de variado signo, Thomas Mann junto a Erasmo de Rotterdam, Axel Munthe, Lautreamont, D.H. Lawrence, André Gide, pero las unifica una inteligencia sensible, observadora de todo lo esencial, que resume con total resolución el significado dispar de los libros, integrándolos en la trayectoria personal como constituyentes de una formación acumulada. El tercero de los géneros, el retrato, participa a la vez de la introspección y la lectura.

Se trata de encuentros con personajes del relieve de Emilio Prados, Salvador Dalí o García Lorca. Emilio Prados en verdad aparece y desaparece, como un Guadiana, a lo largo de todo el libro y es, junto al propio Adrián Dale, una especie de coprotagonista. 

Otros personajes, como Vicente Aleixandre, Tomás García o Darío Carmona, se mencionan ocasionalmente, completando así la memoria mágica. Pero el interés de los personajes se diría que está en relación inversa a su fama actual. De manera que el encanto del viejecito Salvador Rueda es muy superior al de su homónimo Dalí y el discreto atractivo de Emilio Prados trasciende sobre la teatralidad de García Lorca. Libro mosaico, donde la amenidad de los géneros, muy bien intercalados, permite dosificar la hondura -y hasta tristeza- de sus reflexiones, Los Cuadernos de Adrián Dale aproximan a la visión del mundo que nos proporcionó el espíritu de Withman con «Canto a Mí Mismo».

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