08 octubre 2012

Gaspar de Jovellanos un grande de España

Poco sabríamos de la historia de España de hace dos siglos si nuestro personaje no se hubiera empeñado en tomarle el pulso. El dijo que la cebada es cara en Castilla, que la falta de comunicaciones ahoga la expansión económica de Asturias y que las heredades improductivas fomentan la progresiva despoblación de zonas rurales con porvenir como Mansilla de las Mulas, que en este tiempo se nos aparece «murado y derrotado». Pero no se queda ahí el afán testimonial de nuestro comunicador, que también alude -aunque con menos complacencia que Montaigne- a su higiene y achaques, a los menudos sucesos de la jornada y a las características de los pueblos que recorre, sin olvidarse de la anatomía de las nativas.


Hoy, es decir, determinado día de un año concreto del siglo XVIII, nuestro personaje anda por tierras de Castilla. Al amanecer se asoma a la ventana de la fonda y al comprobar que han huido las nubes que ayer descargaron reanuda su viaje. Ya a mediodía almuerza en una posada del camino sopa de pan francés, pecho de vaca con salsa de tomate, olla de verdura con tocino, dos pichones y una polla asados al reloj, huevos revueltos, magras, guisado y peras. Todo por 105 reales.


De haber almorzado en su casa asturiana sería más frugal. Echaría siesta luego y, avanzada la tarde -nuestro personaje es de costumbres regladas-, saldría a participar de la tertulia que se celebra en el hogar amigo, donde se juega a la lotería, se cuentan chismes y hoy, por ejemplo, se deplora la ausencia de uno de los asiduos, que sufre empacho de manzanas verdes.

Otra tarde se va al teatro -Gertrudis, por sus flatos, se queda en casa- y el drama lo ejecutan bien, lo mismo que el baile, aunque algo atropellada la pantomima. Y otro día, la habitual tertulia acoge concurrencia superior que festeja un cumpleaños o un bautizo o, sencillamente, el término de la cosecha; con lo que se arriman los bancos en derredor de la sala principal, sube la música al estrado y se monta una contradanza de catorce a quince parejas. Observa nuestro personaje que las damas van vestidas de muselina, menos dos de luto. Y alaba que en el vestuario se sirva café, leche, bizcochos, rosquillas, vino generoso y licores. Todo abundante y serenamente festejado. Hasta la una y media de la noche, según el feliz testigo.

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