02 octubre 2012

La muerte de la reina francesa

Se presenta ante sus jueces con una cofia de lienzo blanco recién plegada y almidonada, de cuyos lazos desciende el velo de luto.

El jurado, compuesto de la gente más dispar, pues hay entre ellos un ex marqués y un ex sacerdote, tiene instrucciones de condenarla, y la condena por unanimidad a pesar de que no se ha encontrado una sola prueba fehaciente contra ella, y ahora, después de jornadas de doce y quince horas de farsa judicial, María Antonieta, ex princesa y ex archiduquesa de Austria, ex ex delfina y ex reina de Francia, ex... todo, será ya muy pronto también ex ser vivo, porque apenas le quedan unas horas de vida.

En la celda lucen dos velas de sebo, porque las de cera le están prohibidas, último favor de la Convención antes de la oscuridad eterna. La viuda de Luis Capeto escribe su última carta, y es el documento más lúcido y energico que nos ha dejado de su mano, pues, como dice el doctor Johnson, «nada aclara tanto las ideas como el saber que te van a ahorcar hoy mismo a las tres de la tarde».

La letra es también fuerte y enérgica, de persona en paz consigo. La carta, llena de reflexiones, contiene una clara alusión a Axel de Fersen, que ese mismo día anota en su diario una tierna y angustiada reminiscencia de ella. La carta, tragada por el archivo de Fouquier-Tinville, es rescatada, al ir éste a la guillotina, por el ex zuequero y diputado republicano Courtois, que veintiún años después trata vanamente de salvarse del exilio que pesaba sobre cuantos, como él, habían votado por la ejecución de Luis XVI, enviándosela a su hermano, Luis XVIII. Así resucita este patético documento que marca, en cierto modo, el verdadero fin del absolutismo en Europa.

A las cinco de la madrugada del dieciséis de octubre de 1793, cuando María Antonieta estaba aún escribiendo, sonaron los tambores en los cuarenta y ocho distritos parisinos, y a las siete ya estaba en pie toda la fuerza armada, los cañones cargados cerraban puentes y calles principales, destacamentos de guardias patrullaban la ciudad con la bayoneta calada, y la caballería se concentraba en puntos estratégicos. El temor a una reacción monárquica era obsesivo en la república.

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