20 octubre 2012

Oficios tenebrosos


A este libro se le veía venir. Bueno, no es que realmente se le viese venir, pero así tendría que haber sido: Cela será, no voy a discutirlo, un cachondo prodigioso, pero no puede serlo hasta el fondo de su corazón. Nadie puede serlo en este mundo en que son cohabitantes la belleza, la mierda, la sanidad, la estupidez, etcétera. Del libro dicen muy seriamente que es un libro «experimental», o sea, un «experimento». Quizá porque está dispuesto en tranquillos numerados, porque ralean las comas, se evaporan las mayúsculas y se declaran unas pocas licencias en las especies morfológica y semántica. Están apañados los críticos y estaría apañado el autor si esto fuera así.

Con tales experimentos no se llega a premio Nobel ni a nada. No, la cosa es de otra manera y el propio Cela lo dice en letra gorda: «... novela de tesis para ser cantada por un coro de enfermos como adorno de la liturgia con que se celebra ( ... el suplicio de santa Teodora el martirio de san Venancio, el destierro de san Macario, la soledad de san Hugo...» Los subrayados, aun siendo míos, son intromisión poco recomendable. Pero ya están hechos. De cualquier manera, a poco que supiesen leer, gente y crítica no deberían andar enredadas en semejantes parvedades. Más les valiera atenerse, por ejemplo, a las ultimas palabras del San Camilo 1936, que Cela terminó cinco o seis años atrás: «...debe ser ya muy tarde y el corazón se fatiga con tanta necedad». El libro (ya está dicho pero si no lo repito no hilvano bien) viene construido sobre mil y pico bloques que el autor llama «mónadas».

Echo mano del Ferrater Mora y me entero de que, según Anaxágoras, la monada responde al principio de que «todo está en todo», a lo que Nicolás de Cusa añade que «...el universo existe en lo diverso y al revés». Todo ello coloca al libro de Cela en una gloriosa ambigüedad, es decir, en las «tinieblas» poéticas que son medio legítimo y conveniente para novelas de tesis. ¿Novela, entonces? Sí, mientras el autor lo quiera; no, en cuanto prefiera que funcione como «la purga de su corazón». Abrase el libro por cualquier parte y saltará la sustancia narrativa: «el pederasta caritativo envenenaba caramelos con arsénico para frustrar el futuro censo de homosexuales...» Narración. Enigmática, es verdad, pero narración. Pronto se bifurca en negros, bellísimos sapienciales: «no quemes los recuerdos como si fueran objetos, los recuerdos deben enterrarse y sembrar dalias sobre la tierra, no cardos ni tampoco claveles, sino dalias o, todo lo más, tulipanes». Y la novela se esconde.

Lo de los géneros literarios es una solemne tontería y ésta es cuestión despejada por Cela. Está claro también que este Oficio de tinieblas 5 es contrición disimulada bajo la forma de palabras puestas a hervir en aguas muy amargas. No garantizo la verdad histonca, pero se me dice (testigo, Siliano, ya difunto) que, hace cincuenta y pocos años, en tierra de León, entre Pardavé y la Valcueva, andaba Cela en milicia que, más que a perder o ganar guerras, estaba atenta a las gallinas y las mozas. Si esto fue así, quizá Cela era ya el cachondo prodigioso que antes dije, pero ello sería en un lugar y en un tiempo que ni pintados para la posterior revelación de la mónada 1194, la que termina diciendo: «sí, hubiera sido más cómodo ser derrotado a tiempo».

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