28 octubre 2012

Peor que una montaña rusa

Es un viaje, en el fondo, sin misterio porque aunque el coche pasa por curvas y altibajos, existe el firme consuelo de los railes y es muy remota la posibilidad de un accidente. Por eso el vértigo de alcanzar una cima y estar a punto de caer resulta emocionante sin llegar a ser terrorífico: el coche va por donde tiene que ir.

La noticia no es sólo que derrumben el muro de Berlín y que un millonario yanquee quiera comprarlo, sino sobre todo ese vacío en el estómago que se nos ha puesto a todos, como de estar en el aire. Iba ya siendo hora y el quinto Gorbachov se levantó y tiró de la manta. Arrancó las cortinas y, al entrar la luz en el tedioso salón, nos encontramos con unos muebles viejos y unos juguetes rotos y gastados. 

Se ha disipado la lógica de los bloques militares. En el entiero de la Pasionaria, algunos asistentes gritaban nostálgicos «No pasarán», quizá por no gritar «¿Qué pasará?»; y Anguita, en el estrado, igualaba el valor de dos gestos que fueron antagónicos: levantar el puño y arrodillarse para rezar. En Italia, Occhetto el audaz quiere cambiar de nombre al PCI para adaptarlo a los tiempos. Y aunque Joan Baez se niegue ya a cantarlo, la respuesta sigue estando en el viento.

El nuevo viento del Este, que ha tirado abajo el muro, es suave como una brisa, aunque sin duda trastorna las mentes más retorcidas: y así, Fraga se vuelve hedonista y defiende la intensidad del placer sexual; y el cardenal OConnor dice que los muertos de Sida, antes infectos pecadores, irán al cielo; y Mariano Rubio, en contra de lo que todos pensábamos, anuncia que la crisis económica :está a las puertas; y Alberto Comesaña, del grupo Semen Up, confunde en uno solo los conceptos de «macho» y de «hombre objeto». 

Salvo esos esporádicos trastornos, el viento del Este nos trae el empuje, la solidaridad, la renovación y el sentido común que nos faltaban; y lo que se lleva son símbolos cargados de pasado: un muro, una joven anciana, una paranoia colectiva llamada guerra fría... El viaje no puede ser peligroso. Con el pelo revuelto por el aire, gritaremos al bajar las cuestas y nos agarraremos en las curvas. Y vaya el coche adonde tenga que ir.

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