02 enero 2013

Un mal ejemplo es la feria del toro


Con más fuerza que nunca, se han enfrentado dos concepciones del encierro: la espontaneista y abierta y la especializada y restringida. Que los días con mayor número de percances -cincuenta heridos uno y cuarenta y dos otro- hayan sido dos sábados con participación masiva de corredores, no es considerado casualidad, sino relación de causa a efecto. Así las cosas, no parece clara la solución y mientras los corredores tradicionales y de estirpe se afirman en la necesidad de medidas restrictivas, los populistas defienden a capa y espada la libre concurrencia.

Atrás quedan también unos sanfermines toreros de los que habrá poco que recordar; que ponen en entredicho el prestigio de la feria de Pamplona como Feria del Toro y en los que, como en otras muchas partes, se manifiestan con fuerza signos y síntomas de la perversión que sacude la naturaleza de la Fiesta. Tales alarmismos catastrofistas, sin embargo, conviene tomarlos con ciertas cautelas.

No creo que estemos irremediablemente al borde del abismo, sin toros, sin toreros y sin afición responsable y cabal, aunque presagios hay que no sería bueno echarlos en saco roto, por si acaso. La historia es siempre más benévola o, simplemente, más distante y fría con los héroes del pasado que con los ídolos del presente. Es necesario, pues, manejar todos los datos de la realidad taurina como signos variables. Aún así, el análisis de la feria de Pamplona no es saludable para la Fiesta. Y no porque se quiebre una imagen o se ensalce o se desvalorice un mito, sino por lo que puede tener de sintomático.

En primer lugar, ver toros en Pamplona supone una experiencia positiva, pues es como hacer ejercicios espirituales en un manicomio, lo cual supone un elevado dominio del espíritu y una indudable capacidad de abstracción. Con todo, esa inconsciencia festiva, esa exteriorización de las corrientes más turbulentas del espíritu, tiene algo de bárbaramente grandioso que modifica el escenario y lo que en él sucede. Y, en contra de las apariencias, esa desvinculación de los gestos con que se acoge o manifiesta un hecho y el hecho en sí, no es una ruptura trágica. El lugar natural de las peñas es la calle, en la que todo desorden, en el sentido más abierto del término, halla acomodo.

Y, sin embargo, se traslada a la plaza de toros como una prolongación de la bacanal más que con un significado estrictamente taurino. En consecuencia, la forma de valorar o desvalorar la labor de los toreros es compulsiva en lo bueno y en lo malo; desprovista, en líneas generales, de mesura. Sólo así se explica, desde esta alegre confusión de terrenos, que se festeje y se premie °l toreo ventajista de figuras de relumbrón y se ignore el arte sosegado y magistral de otros.

La verdad es que no ha habido muchos comentos magistrales, mientras lo que sí ha habido, en exceso, son momentos de triunfalismo; es decir, de triunfo cimentado sobre bases impuras. Los signos externos y más clamorosos de ese proceso degenerativo los hemos comprobado en Pamplona, lo que no quiere decir que no existan en otros lugares.

En primer término, está la conversión en la suerte de varas, de suerte torera en agente de destrucción. O en suerte inexistente, si el toro anda escaso de fuerzas. Si fuera verdad lo que decía Hemingway -que la introducción del peto era el principio del fin de las corridas de toros- hoy estaríamos en el último tramo del proceso. Luego, está el bajonazo como práctica habitual de excelentes resultados, siempre que la suerte se mida sólo por sus efectos y no por la forma de realizarla. En Pamplona, podrían contarse con los dedos de la mano los toros que han sido matados conforme a norma. Hasta el número uno del escalafón recurrió a tan artera forma de ejecutar -que ejecución, y sumarísima, es la muerte de algunos toros- y nadie se lo reprochó. En el otro platillo, Manili, Fernando Lozano, Ortega Cano, y quizá José Luis Palomar.

No se les pide que maten cinco mil toros recibiendo, como dicen que hizo Pedro Romero a lo largo de su vida; sólo que apunten un poco más arriba. Será difícil, pues los propios matadores, en encuesta publicada, eligieron recientemente como mejor torero de todos los tiempos a Antonio Ordóñez. Y puede que sea verdad. Pero también lo es que él fue el que dio al fraude carta de naturaleza artística con su famoso «rincón».

Otra lacra es la rectificación de terrenos, del sentido de las distancias y del espacio, y el batiburrillo de puntos de referencia entre toro y torero. Es ésta, quizá, la más maligna y peligrosa, pues la mayor parte del público no la advierte y, sin reparar en la colocación del torero o el uso que hace de la muleta, sólo ve que el toro embiste.

Pamplona ha sido buena muestra de este toreo que, tapándose con el temple -pilar básico, por supuesto, de cualquier tauromaquia- compone un depravado compendio de vicios y triquiñuelas. No puede hablarse de faenas redondas y sí únicamente- de momentos. Momentos, sobre todo de Ortega Cano, Camino, Márquez, Robles o Muñoz. O la decisión con que Espartaco se enfrentó al riesgo cierto del quinto sepúlveda. El toreo no puede escapar a los signos de la historia y puede que cuando tengamos otra historia tengamos otro toreo. Y, por último, está el asunto de la bravura de los toros.

Los del Conde de la Corte han sido un broche adecuado al tono general que la Feria del Toro ha tenido este año. Impresentables en todos los aspectos los atanasios y un poco más decentes los sepúlvedas. Se derrumbaron estrepitosamente los guardiolas y no pasaron de discretos los del Marqués de Domecq, todos ellos; eso sí, con cabezas bien armadas y gran trapío. Los toros de Cuadri, Miura y Cebada Gago sacaron peligro, mansedumbre y poco más. Si acaso, una estampa ruda y mastodóntica los cuadris, cierta casta los de Cebada Gago y una inquietante incertidumbre los miuras, lo cual da valor a lo que hicieron los toreros.

Por lo demás, el toro es el gran problema de estos momentos. No porque sea grande o chico, astifino o «afeitado», sino por su condición de aborregado y sin casta. La degradación de la cabaña de bravo, como escribía en estas páginas hace poco Rubén Amón, es la verdadera enfermedad, no sabemos hasta qué punto irreversible, de la Fiesta.

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