15 febrero 2013

Un infierno dorado


Alfred Hitchcock, que debe estar en el infierno -privilegio reservado a los que creen en él y, además, lo han conocido en vida- fue hombre de grandes amores y escasas estimas, de pasiones secretas -a vocesy un verdadero diablo sistematizando el desorden y dando estructura formal, trasparencia y rigor a cuanto de turbio y oscuro late en las entrañas de la realidad. Una criatura así, con los ojos anegados en lágrimas secas, tiene que estar necesariamente en el infierno. Antes por metafísico que por concupiscente, aunque también por concupiscente.

Antes por sabio que por cruel, aunque también por cruel. Pero en el infierno. Y todo el dolor, y todo el gozo, y todo el miedo, y toda la sensualidad, y toda la lucidez, y toda la frustración y toda la soledad que le acompañaron en vida, perpetuándose para la eternidad. Y allende las puertas del ardiente recinto, sus rubias, tan bellas, tan hieráticas, tan voluntariosas, ya devenidas en arcángeles, haciendo sonar sus trompetas de bronce o sus arpas eolias, según temperamentos y capacidades -Ingrid Bergman, por ejemplo, la trompeta; Kim Novak, cuando le toque, el arpa, mientras agitan, orgullosas como niñas coquetas y vagamente perversas, sus largas cabelleras de oro... Desde luego, muy pocas de pelo oscuro: Karin Dor -Juanita de Córdoba, abriéndose a la muerte como una flor, las resume a todas.

Rubias, legión: Madeleine, Ingrid, Joan, Anne, Marlene, Vera, Grace, Doris, Kim, Janet, Eva-Marie, «Tippi», Julie... Y de ellas, Ingrid Bergman -que siempre quería hacer de Juana de Arco, y Grace Kelly -que fue arrebatada por un príncipe bajito, y Kim Novak -que tenía ideas propias y fue arrojada desde lo alto de un campanario- y Eva Marie Saint y «Tippi» Hedren. Sobre todo, «Tippi». El diablo, en su laberinto, las amó a todas, sin apreciarlas demasiado. Puede que las entendiese -desaprobándolas- y puede que no. Las devoró con los ojos -con los ojos de la cámara, que es una forma de posesión.

Y veló su propia vergüenza, su timidez de niño gordo y católico, a fuerza de procacidad y crueldades. Enfermo de deseo -y de pasión- intentó reconstruir, una y otra vez -siempre Pygmalión, esa criatura dócil, estilizada, elegante, de gélida apariencia y manos peligrosas, donde cifró todo cuanto esperaba de la vida y nunca apuraría. Y como quiera que la plenitud le fue negada, dio en contar repetidamente la grosera historia de la inglesa formal que, con toda naturalidad, te desabotona la bragueta en el asiento trasero del taxi; algo que, probablemente, nunca le ocurrió y, de ocurrirle, no con la chica adecuada. ¿Las consecuencias?... Dolor y belleza.

Dolor y belleza que se anudan en la nuca de «Tippi» como una madeja de oro denso, como una evocación de otras madejas doradas, látigos y vellocinos, donde la docilidad suplanta lo inalcanzable y vence a una naturaleza, ya rendida, por la vía de difícil tránsito de la expiación y del sadismo, del autoengaño y del amor total. Y hoy estas rubias de pasado turbio, siempre en busca de redención, siempre maltratadas, hacen sonar trompetas y arpas a las puertas del infierno donde Hitchcock habita, quizás, ya en paz consigo mismo. O donde debería habitar. Y yo con él, mi maestro, mi dios, mi igual.

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