23 abril 2013

Grace Kelly la mujer estrella

Cuando ella llegó, Hollywood era, cara a la mujer-estrella, una fábrica de caderas y pechos, a ser posible con melena rubia. De Mae West a Jayne Mansfield no habrá otra cosa. Por eso, aparentemente, Lauren Bacall lo tenía duro. Claro que podía reivindicarse pariente de Greta Garbo y aun de Marlene Dietrich, pero ella iba a ser (de la mano y el amor de Bogart el áspero-dulce, el perdedor-atrayente) un estilo distinto. La mujer-sílfide, larga, espiritual, cerebral, con un estilo de atracción frío. La elegante de postguerra, con mucho traje sastre, fumando cigarrillos incansablemente, y un leve aire de incredulidad y de desengaño...

Pero si Grace Kelly -luego princesa de verdad- representó el lado bueno, burgués, convencional y modosito de esa mujer nueva, Lauren Bacall fue la mala a su pesar, la mala por daño íntimo, la, perfecta compañera del perdedor, que de nada se asusta, y que preferirá siempre -como decía Cocteau- el ladrón al policía. Las imágenes de El sueño eterno (The big sleep) crearon la forma y la aureola de una mujer distinguida, fría, sensual en continencia, fuego adivinado dentro, que se volvió mito -imagen representativa- en su juventud y sin tener que desaparecer o morirse. ¿Cómo puede existir el moderado, pero efectivo mito Bacall, estando ella ahí, trabajando, y sin pérdida que no pertenezca -y lo ha llevado bien- al tiempo? Lauren Bacall unió su vida y su imagen a la de Humphrey Bogart. Compañeros reales, fueron también pareja emblemática. Al duro envejecido, tierno, asqueado y de vuelta, le correspondía (en foto y en pantalla) una chica joven, aparentemente frígida y estirada, pero íntimamente pasional, y con aires de nueva libertad femenina: Mujer -jovencita- que ha escogido a su hombre. Que se ha ido del hogar paterno, que no necesita más protección que la que busque ella misma, otorgándose. Bacall hizo el perfecto y envidiable tandem con Bogart: El duro de retorno y la libre joven perversa.

Así es que cuando él murió, la imagen de ella quedó sola, y en alguna medida (la necesaria al mito) también muerta. Lauren Bacall es quien es, porque siempre la vemos en las películas que rodó con Bogart o en las que hizo en aquellos años mismos. Vemos sus cejas perfectas, sus ojos desdeñosos y atractivos, su boca sensual y levemente escéptica. Vemos su silueta espigada y hermosa, su melena suavemente colocada, el cigarrillo eterno, y ese aire de ¡a mí que! que nos parece otro gesto de independencia. Lauren Bacall ingresó en Hollywood en el pabellón de las malas. Pero frente a la perversa sofisticada, ambigua o comehombres, ella encarnó algo relativamente nuevo: La perversa desengañada e inteligente. Corrían vientos de existencialismo, y la mujer nueva tenía que tener algo de Juliette Greco y de antro de jazz y filósofos pesimistas. En Bacall hay angustia vital sin drama y sin harapos oscuros. Es una existencialista con carmín y modisto.

La vida le parece mala, insatisfactoria, pero se apresura a vivir. Es lista, se sabe sin futuro y se conoce atractiva. Le gustan los hombres experimentados y mayores (los interesantes) y desdeñaría hasta un paseito corto con un guapo joven de salón. La inteligencia y el desengaño unidos la vuelven perversa, lo que ahora quiere decir, descreída, antiburguesa, antifamiliar, antihijos. ¿Nos podríamos imaginar a aquella Bacall de los días dorados cuidando una prole benigna? ¿La imaginamos madre de Carolina o de Estefanía o esposa de un gordito, aunque sea príncipe de cuento? Imposible. Es la madre eternamente joven de todas las chicas modernas. Quiere ir más allá de la placidez.

Quiere aventuras, callejones, noches, cafés oscuros con pianista. Quizá Lauren Bacall recuerda los cuadros de Edward Hopper. Es una solitaria que ama a los solitarios. Es la ardiente a sus horas. Intimamente desolada y descreída. La que conoce el precio de la libertad. Bacall -su mito- es delgada, astral y nocturna. Ama las gabardinas, la lluvia, la música triste aunque ardiente y la ginebra con hielo. La luz artificial, el riesgo, el peligro... Lauren Bacall o la vida como tedio y aventura. Es perversa porque no se conforma. Frente a las bellezas del sí (Hollywood las prodigó) la perfección suave de una gardenia negativa... Los búhos la protegen. Y los bebedores de Bourbon.

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