10 mayo 2013

El realismo perturbado


Una ciudad portuaria, una plaza de piedra, la humedad de un otoño constante resbalando por la luz de las farolas, cortinas en las ventanas de las casas burguesas, mujeres bien vestidas con las manos metidas en manguitos de piel, obreros en una esquina, transitan marcialmente soldados y alguna berlina cruza la amplia plaza. En este plano sitúa Raymond Queneau su novela. Un lugar para Madame Bovary o cualquiera de los pertinaces clientes del gran Zola. La ciudad es Le Havre, los soldados son parte de la gran contienda que se está celebrando, la mujer que pasea es Helena y la niña hermosa es Annette; el personaje que vemos salir perfectamente rasurado de un establecimiento con un periódico vespertino en la mano y que va medio arrastrando una pierna lisiada será nuestro protagonista, Lehameau. Ahora, en un momento determinado, el conjunto comienza a moverse, la novela de Queneau empieza a palpitar. 

Todo parece dispuesto para que nada ocurra, para llenarnos nuestros bolsillos de lectores con cosas vulgares pertenecientes al panteón del realismo barato francés. Pero, algo sucede, fenómenos extraños perturban la moldura. ritualista. La niña Annette toma la palabra del amor, susurra la infantil vehemencia de un erotismo perfumado, su corsé es la carne. Lehameaud, él mismo, pertenece a la genealogía del «huésped desconocido». Odia a los obreros, le gustaría -él, un herido en el frente- que su patria perteneciera al dominio germano. Su amor es una hipnosis, su anodina Helena nos resulta repulsiva desde la inacción. Ocurre como en los Collage de Max Ernst, la pasividad de los objetos es golpeada por una tijera aérea, un monstruo que sale de un coche de punto, una mujer envuelta en las alas del demonio. 

En Queneau las descripciones deslumbrantes paralizan la relojería tradicional y aunque el relámpago sea instantáneo, por un momento el desasosiego nos invade y todo se hace confuso; por ejemplo, en la descripción del paseo sometido a la lluvia donde se desarrolla la escena del primer beso. Hay una maldita atracción en esta novela y una ciénaga que se nos abre a cada paso, entre las conversaciones burguesas de mesa, las visitas familiares, el orden establecido rutilando en las lámparas de los dormitorios; pero la mirada de las serpientes acecha. Esta novela produce frío y su lectura constituiría un buen aprendizaje para nuestros «doctores» en novela española.

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