22 mayo 2014

El bar más visitado por los presidentes

El Martin’s de Washington es el clásico bar de la esquina. Pero por él han pasado todos los presidentes desde Harry Truman (salvo el actual, Barack Obama) para comer, beber, conspirar y, en el caso de John Kennedy, para declararse a la novia. 

En un barrio como Georgetown, abundante en bares caros y pijos, Martin’s destaca por no ser ni caro ni pijo. Y por servir unos martinis en formato bañera que durante la happy hour vespertina salen casi regalados. 

En Washington DC coexisten dos ciudades. Una, la real, pobre y de raza negra, que muy poca gente visita (para entendernos, la ciudad que empieza detrás del Capitolio); y otra, menos real, rica y de raza blanca, llena de políticos, monumentos, museos, estudiantes y turistas. Esta segunda ciudad cambió para siempre hace 12 años, el 11 de septiembre de 2001.

Después de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono, la antigua capital relajada y tranquila se obsesionó con la seguridad. Los dirigentes políticos dejaron de callejear y de abrevar en tal o cual barra, porque sus comitivas de guardaespaldas constituyen un engorro, y ahora sólo se les encuentra en restaurantes de lujo como el Inn at Little Washington o el Citronelle, o en ciertos hoteles.

El mítico senador demócrata Daniel Moynihan era un habitual del Jaleo del cocinero español José Andrés y hay quien se deja caer de vez en cuando por el Old Ebbit, con su barra larguísima, aún más vieja que la de Martin’s, pero son excepciones.

En 1933, cuando William Martin, hijo de un inmigrante irlandés y atleta universitario, abrió una taberna de precios populares en la avenida Wisconsin, eje de la ciudad de Washington, Estados Unidos sufría una severísima depresión económica y la Ley Seca acababa de derogarse.

Según la leyenda, Martin’s abrió justo al día siguiente de la derogación. Uno de los primeros clientes fue un senador por Misuri llamado Harry Truman, aficionado a dar largos paseos y a tomar un par de whiskies antes de volver a casa. 

Truman era un hombre simpático y sin ínfulas (carecía de fortuna personal y de título universitario, aunque hubiera ejercido como juez en Kansas City), que entonces no podía imaginar su insólito destino. Franklin Roosevelt le eligió como vicepresidente y le ninguneó, ocultándole las informaciones más esenciales; a la muerte de Roosevelt se enteró de que existía la bomba atómica e inmediatamente tuvo que tomar la decisión de usarla contra Japón. 

Era racista, pero promulgó la ley contra la discriminación de los negros en el Ejército; era antisemita, pero fue decisivo para la creación de Israel. El bisnieto de William Martin, Billy, actual propietario de Martin’s, ha heredado un anecdotario completo de Truman, en el que se incluyen los jupiterianos ataques de furia que padecía cuando alguien publicaba una mala crítica sobre su hija, cantante de ópera. La hija, Margaret Truman, hizo con el tiempo una exitosa carrera como escritora de novelas de misterio. 

John Kennedy, representante por Massachusetts, fue también un habitual de Martin’s. Su piso de soltero estaba al lado de la taberna. Al parecer, se declaró a Jacqueline Bouvier en una de las mesas cercanas a la entrada, cosa que la casa recuerda con orgullo. Su sucesor, Lyndon Johnson, solía comer casi a diario en Martin’s en su época parlamentaria y acompañaba el almuerzo con whiskies o martinis: eran otros tiempos.

El sucesor de Johnson, Richard Nixon, frecuentaba la barra. Ningún bar es perfecto. George W. Bush se había corrido en Martin’s varias de las juergas de cuando aún no se había hecho abstemio y religioso y consumía bourbon y cocaína en cantidades industriales. ¿Qué ofrece Martin’s? Para empezar, un gran número de clientes habituales. Los bares en que a uno le llaman por su nombre, como en el Cheers televisivo, resultan especialmente acogedores. La barra, los taburetes, las mesas, todo es de hace 80 años. 

Los precios no se han disparado como en otros lugares de Georgetown, que a finales del siglo XIX era el humilde puerto fluvial de Washington y ahora es un barrio carísimo. 

La cerveza se tira bien, los martinis se mezclan con honestidad y solvencia, los steaks, los pastelitos de cangrejo y las sopas merecen la pena, el ambiente tiene algo de familiar y los camareros, cosa importante, suelen estar de buen humor. La escalera que conduce al piso superior es estrecha, empinada y procelosa, cosa de la que el personal avisa a los clientes un poco perjudicados que emprenden la aventura de ir al baño.

Otro detalle notable: no hay fotos de famosos. Ninguno de los Martin que han dirigido el bar ha mostrado interés en fotografiarse con políticos o actores, ni en tratarles de forma especial. 

El actual Martin está empeñado en que Obama visite su establecimiento, para que no se rompa la cadena presidencial iniciada por Harry Truman, y su correspondencia con la Casa Blanca ocupa una gruesa carpeta. Como anécdota, en Martin’s se rodó una escena de El exorcista en la que un sacerdote pedía dos cervezas y las sacaba a una mesa de la calle. 

Umberto Faina, barman de la taberna durante 43 años, sólo tenía que abrir el grifo y llenar los vasos, sin decir palabra. Pero la normativa sindical le obligó a afiliarse por un día al Actor’s Guild. Eran otros tiempos.  

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