05 junio 2014

La boda de Jackie y el millonario

El lunes 16 de marzo de 1975 moría Aristóteles Onassis. A las once de la mañana del martes 17, horas antes de la llegada del cadáver, yo pisaba por primera vez la famosa isla de Skorpios, el santuario de Aristóteles Onassis, el hombre, entonces, más rico, más poderoso, más envidiado y, a lo peor, hasta el más odiado del mundo. Cinco años antes, se celebraba allí la boda de Jackie Kennedy, la viuda más famosa y admirada no sólo en los Estados Unidos, sino en todos los países de la tierra. 

Pero, en esta ocasión, los periodistas que nos reunimos en la isla de Leykada tuvimos que contentarnos con alquilar los barquitos de los pescadores para, cuando nos fuese permitido, acercarnos hasta el yate «Cristina», donde se celebraba la fiesta tras la ceremonia religiosa de la boda, que había tenido lugar en la capilla de la isla cuyo acceso fue prohibido a todo el mundo y, por supuesto, a la Prensa que jamás había puesto los pies en Skorpios. Lo más cerca que había llegado un reportero fue a trescientos metros de la playa donde Jackie, ya convertida en la señora Onassis, tomaba el sol y se bañaba completamente desnuda. 

Aquellas fotografías realizadas con un potente teleobjetivo por el fotógrafo italiano Settimio Garritano, una exclusiva que hizo millonario a su autor ya que los pechos y el monte de Venus de la esposa del poderosísimo armador griego aparecieron publicadas en revistas y periódicos del mundo entero. Tenía que morirse Onassis para que yo y otros muchos periodistas como yo, que vivíamos apasionadamente la actualidad de aquellos años como enviados especiales, conociéramos el paraíso de Ari y de Jackie por dentro y, sobre todo, la capilla donde, con un cheque en blanco, la viuda más famosa se convertía en la famosa más rica. 

Pero aquel 17 de marzo de 1975, esa capilla estaba presidida por una tumba, la de su hijo Alejandro, el heredero muerto en accidente de aviación dos años antes. En el exterior, mirando al mar Jónico, otra tumba, ésta muy sencilla, sin cruz ni nombre, que debía acoger el cuerpo del famoso naviero. Esperando la llegada del féretro que procedía de París, donde había muerto, no sólo me entretuve recordando la boda, sino la historia de estos dos personajes cuyas vidas en común tanto habían apasionado. 

La relación entre Onassis y Jackie se inició a causa de una depresión que la entonces primera dama de Estados Unidos sufrió por la pérdida en 1962 de su tercer hijo, un niño tan frágil, menudo -pesaba dos kilos- y enfermo, que sólo sobrevivió 24 horas. Las palabras que Jackie le dirigió a su esposo, el presidente, cuando intentaba consolarla, fueron premonitorias: «El único golpe que no podría soportar sería perderte a ti». 

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