05 agosto 2014

Lee Grant y su vida de desfases

Hacer memoria a los 87 años tiene su aquel, cuando todo debe resultar tan lejano. Pero al mismo tiempo encierra la virtud de poder largarlo todo, sin filtro alguno, acuciada la fuente quizá por no dejarse nada sin contar que merezca la pena antes de irse para el otro barrio. 

A eso suena el ejercicio biográfico de una de las caras más atractivas que han pasado por una pantalla de cine, la de Lee Grant, una chica judía del Upper West Side neoyorquino que estuvo 12 años alejada forzosamente de los rodajes por su asociación con el comunismo durante la época de la caza de brujas.

Y la historia de una pionera que, además de hacerse con un Oscar por Shampoo en 1975, se convirtió en la primera actriz de su generación en dar el salto a la dirección de forma relevante.

Pero en su historia, I Said Yes To Everything, hay mucho más que los grandes rasgos de una próspera carrera en el cine. 

Los entresijos son notoriamente fértiles, los suyos y los de la gente que la rodeó, relatos de drogas en los lavabos, de sexo en los rodajes, de soledades ajenas. 

Grant cuenta que en aquellos años, "todo el mundo, incluyéndome a mí, se metía coca en el baño y fumaba hierba en el salón", un hábito con el que también asocia a Farrah Fawcett, de quien cuenta que estuvo tres horas metida en el baño de un estudio sin querer salir.

"En privado siempre pensé que había cocaína involucrada. Su pequeña nariz estaba rosa y moqueando", recuerda en el libro que acaba de ver la luz. "Mi propia vida en los baños de Los Angeles también fue extensa".

Corría entonces la década de los 70, cerca del punto álgido de su carrera, siempre con los instintos afilados. De la notoriedad de su trabajo de aquellos años surgió además un romance importante, con Warren Beatty, como no podía ser de otra forma, el hombre que hizo de la conquista en Hollywood todo un arte y que compartió con Grant cartel en la comedia que habría de otorgarle el reconocimiento de la Academia como mejor actriz secundaria.


Grant recuerda las escenas de sexo en cámara que precedieron a su primer encuentro, ya lejos de la luz de los focos. "Estábamos desnudos en la cama durante unos cuantos días de incomodidad", mientras la actriz simulaba los orgasmos y los gritos rodeada del equipo y del director del tinglado, Hal Ashby.

En esas, Beatty no pudo controlar sus impulsos –una vez más– y se presentó en el camerino de la actriz poco después de haberle dado carpetazo a la escena. "Nos besamos y nos besamos y caminamos tropezándonos hasta la ventana", explica, confesando además que el roce para ella no fue solo un encuentro casual más.

Se enamoró de Beatty pero no pudo frenar su fascinación por cuanta mujer se cruzaba a su paso. Grant recuerda que incluso lo intentó con Dolly Parton en una fiesta a la que asistieron juntos en casa de Michael Douglas, la señal definitiva de que lo suyo con el actor de Virginia no sería nunca más que un romance pasajero. Siempre le quedarían el Oscar y la experiencia.

En su biografía, Grant también se ocupa de estrellas como Grace Kelly, ya convertida en alteza real del principado de Mónaco, la vida que eligió después de una sólida carrera cinematográfica en Hollywood. Grant conoció a Gracia de Mónaco en 1977, después de recibir una propuesta para rodar un programa de televisión sobre su figura.

Cuenta que la actriz y princesa no reveló detalle alguno personal sobre su vida en cámara, pero que por detrás se decidió a compartir parte de lo que estaba pasando tras el giro radical que había dado su existencia. "No tenía amigos en Mónaco, y las mujeres en las familias reales, aquellas que estaban en la corte, eran muy críticas con su estilo libre americano", recuerda.

Grant supo siempre rodearse de gente importante, exprimir al máximo una vida de cine. Ahora, dice, ya solo tiene ganas de recordar.


Pese a que trabajó duro para lograr las tres nominaciones que posee, Grant reconoce que fue una niña privilegiada en sus años en el Upper West Side de Nueva York. 

Hija de inmigrantes judíos, su sólo propósito en la vida fue formarse en los mejores colegios para ser alguien grande en la vida, y admite que sus padres la trataron como a una princesa. 

Con solo cuatro años debutó en un espectáculo de la Metropolitan Opera y con 11 se incorporó al American Ballet. Sin embargo, era una actriz dotada y pocos años después se apuntó al Actors Studio de Nueva York con la intención de hacer cine y televisión.


Sólo el Comité de Actividades Antiestadounidenses logró frenar sus ímpetus durante más de una década, apartada de la industria por estar casada con el guionista Arnold Manoff, a quien defendió siempre a capa y espada como padre de sus dos hijos. 

Grant se tuvo que refugiar en el teatro, dando incluso clases de interpretación, hasta que logró sacudirse de encima la presión de la caza de brujas y volver a trabajar. Por suerte para ella, sus mejores años, con las nominaciones al Oscar por El casero (1970) y El viaje de los malditos (1976) aún estaban por llegar. 

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