15 mayo 2017

Cañonazos de cafeína

La resaca de las fiestas la sufre el ama, que recoge la miseria doméstica mientras la tropa familiar aún duerme.

Tras la silvestrada de la nochevieja y demás jolgorios navideños, las casas son porquerizas, zahurdas, o cochiqueras, Zaragozas después de los cañonazos de los gabachos, lugares que incitan a encaramarse en lo alto de una columna como Simeón el Estilita, o a esconderse para siempre, igual que San Alejo, bajo una escalera. 

Y la señora ama, al día siguiente del año nuevo, cuando entra en el barullo de la sala de estar, en donde es fácil pisar un vaso, un bol con restos de palomitas o un cenicero, o nada más que pone un pie en la cocina, atestada de platos con pegotes de ketchup y mayonesa solidificada, que los frescos y frescas que roncan a esas horas prefirieron apilar, aquí y allá, a meter en el lavavajillas, o después de asomar las narices en el cuarto de baño, alfombrado de más toallas que las usadas en el trabajoso parto de Melania Hamilton en Lo que el viento se llevó, siente deseos irreprimibles de meterse en la cama, con el embozo hasta los pelos, fingiéndose poseída por una pandilla de íncubos paralizantes, o aquejada de una okupación de su organismo por parte de todos los posibles virus y bacterias. Pero prosigue, furibunda y aterrada, la inspección doméstica. 

Sus ojos llamean, al descubrir seis huesos de aceituna, muy peripuestos y en formación vertical, sobre el tarjetero de la consola del pasillo, y un par de calcetines, un cinturón y una bolsa medio vacía de patatas fritas trituradas en una butaca, amén de un coletero y un peine en el revistero; y el corazón iracundo le revienta ya de indignación porque tres cintas de su videoteca sentimental y propia han sido borradas, con la finalidad de grabar en ellas cosas sin duda muy emocionantes y paradivinas para los hunos durmientes y en vacaciones, que continúan tan plácidos y frescos en sus camas. De pronto la señora ama se envara llena de fiereza, y busca entre sus viejos discos el Bandiera Rossa que suena vengador, a todo gas y volumen. 

Pero sus hijos siguen como cestos, mientras los vecinos de arriba patean el suelo en protesta por el estrépito, y ella renquea hacia la cocina, a pegarse un cañonazo de cafeína y de teína.

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