09 diciembre 2017

Kevin Costner de joven

Determinación, sangre fría, habilidad para luchar y fe en sí mismo son algunas de las virtudes que le han permitido al actor Kevin Costner convertirse en el director de moda con su primera película, Bailando con lobos, una denuncia, desde el punto de vista de los pieles rojas, del genocidio perpetrado contra la nación sioux. El inesperado y fulgurante éxito de un realizador debutante, que abandonó su privilegiado y cómodo status de estrella y sex-symbol, ha hecho callar a quienes vieron en él tan sólo a un niño bonito. 

Porque, hasta que Brian de Palma le colocó un sombrero, un traje de Armani y una ametralladora para convertirle en el Elliott Ness de Los Intocables, la carrera de Costner transcurrió con más pena que gloria. En principio, el niño que descubrió su vocación participando en el colegio en la obra infantil Rumpelstilchen (El enano saltarín), tuvo primero que estudiar «marketing» para no apenar a sus padres. Tras rodar diversos anuncios (recuerda especialmente uno de ordenadores dirigido por Adrian Lyne) participó en varias películas tontorronas («de esas de culos y tetas», según él) perfectamente olvidables y en otras más ambiciosas (Frances, Reencuentro) en las que su participación desapareció en la sala de montaje. No se arredró. Lo que ocurió después de resistir los embates de Connery en Los Intocables ya es historia: su estrella se disparó.


Consiguió una enorme popularidad como héroe romántico al estilo de Gary Cooper en films de gran éxito pero escaso riesgo: Sin salida, Los búfalos de Durham, y Venganza. Hombre de contrastes, Costner es un tipo tranquilo que rehuye actos sociales para disfrutar de la vida familiar junto a su mujer y tres hijos pequeños, a la hora de trabajar es un enamorado de la acción, al servicio de la cual pone pasión, energía y talento. De entre todos los reconocimientos Costner se muestra especialmente orgulloso de haber sido nombrado miembro honorífico de la tribu sioux, minoría racial de la que se ha convertido en abanderado. Costner, un californiano sanote de ascendencia cherokee, no teme al fracaso, porque lo conoce y sabe cómo superarlo: «Siempre hago lo que creo que tengo que hacer y jamás prometo nada que no pueda cumplir». Palabra de sioux.

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