06 enero 2018

Para el otoño se llevará el pantalón campana de los sesenta

Leopoldo Calvo Sotelo está viviendo el momento dulce de su vida. El político más insondable de la transición, aparentemente incapaz de trepidar a un auditorio ni harto de vino, el Buster Keaton de la democracia, ha conmocionado a su promoción con su libro de memorias, en el que no sólo se muestra más avieso de lo que nadie pudo suponer en pianista tan conspicuo, sino que hace gala de un humor delicadamente pérfido, propio de tipos secundarios que las matan callando. Pero esto es, con ser mucho, lo de menos. Si el legado político de don Leopoldo no fue de los que hacen época, su herencia está en la calle: los bermoldos. 

Efectivamente, los denostados bermoldos de Calvo Sotelo, que tanta risa dieron en su momento, se han generalizado este verano, con lo que se demuestra que este hombre ha sido un adelantado a su tiempo, quedando la duda de si también lo fue en política, de modo que su reposado carácter hubiera sido más propicio para el más calmo presente que para la agitada coyuntura que le tocó vivir. Los bermoldos.


Los bermoldos están por todas partes, y los caballeros enseñan sus garrillas blancuzcas y peludas tan contentos. La moda bermoldiana empezó en las playas, aprovechando la confusión de mezclarse con extranjeros audaces, y en las piscinas del todo vale, pero este verano ya ha llegado a las ciudades, a las oficinas,a los tajos, y cualquier día de éstos veremos a un ministro acudir en bermoldos al Consejo de La Moncloa, aunque sólo sea para romper el monolitismo vestimental del gabinete. 

Cierto es que, como me ha dicho un colega bermoldista, sabedor de mis críticas intenciones, quienes no osamos usar bermoldos somos unos reprimidos y unos cuitados. Pero tan cierto como eso es que los bermoldos son una decisiva contribución al estilo adefesio de la moda actual. Porque, mientras los hombres dan el cante con estos bermoldos de vago sabor colonial, a las muchachas en flor les ha dado por mustiarse con unos vaqueros enormes, varias tallas por encima de sus medidas naturales, que les hacen unos culos inabarcables, unos muslos virtualmente hipercelulíticos y, a la postre, una estampa paticorta sin solución. 

En esta carrera alocada por ir hechos unos estafermos, todo hace temer que, para el otoño, resucite el pantalón-campana de los sesenta, confirmándose, una vez más, la anemia imaginativa de los tiempos posmodernos, tiempos de perezoso ímpetu retrospectivo y de asténica inclinación a la síntesis, lo que se demuestra por la incalificable convivencia de los macropantalones femeninos con esos otros, tipo malla, pegados a la piel y tres dedos por encima del tobillo, que son ligeramente guarrindongos. Total, que dan ganas de ponerse un traje azul marino y bien entallado como señal de enérgica protesta ante el deterioro del ecosistema visual.

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