20 abril 2018

Prácticas vampíricas

Lo malo del cine es, que al final, alguien enciende las luces. Lo malo del cine es, que te malacostumbra para la vida. A oscuras, sentado en la sala, convertido en el protagonista, metido en su piel manufacturada, sientes a tu alrededor al público, toda esa gente que solloza, ruega, tiembla, suspira por tu vida durante los noventa minutos. Ninguno dice nada, al menos en voz alta. Pero allí están, ateridos, cosidos a una butaca, refugiados en pensamientos y emociones como las tuyas. Toda esa solidaridad con el personaje, o sea contigo, termina siempre de golpe, con una simple presión en un interruptor, que descubre en un instante tu verdadera personalidad, a tus, hasta entonces, incondicionales. 

Cómo explicarles entonces que eras tú quien manejaba la moto a esas velocidades, quien decía esos diálogos tan oportunos, y quien fundió a negro con ese bombón del brazo. Con la luz de la sala sólo me queda la realidad. Mi único consuelo es el poder de esas dos horas a oscuras, y mi remedio, encontrar nuevas dosis en forma de personajes irresistiblemente adorables. Sin embargo la droga continuada me ha vuelto sibarita. Cada vez me es más difícil encontrar mi ración de adrenalina del respetable. Ya no trago cualquier cosa.


No me basta la risita fácil, ni el susto de toda la vida. No siento nada al lado del espectador que deglute, sin más, imágenes envueltas en pseudoerotismo de guardería, made in allende los mares, o enredos de pandereta, guardia civil y planofijo (idea-fija) de la tierra. Mi mal tampoco se cura en casa: no odio el video, Dios me libre; es sólo que, como en todas las otras prácticas vampíricas, mi vicio no funciona con la autosatisfacción solitaria, y necesita de oscuridad, silencio y la respiración, lejana o cercana, pero anónima de, al menos, una víctima en mi mismo trance. A este paso sólo me va a quedar, el Zoo, los anuncios y las películas de Julio Medem.

13 abril 2018

Ian Somerhalder en Crónicas Vampíricas

Allá en los tiempos de Maricastaña -queridos lectores-, un sabio vampiro centroeuropeo -Wolfang Amadeus Von Drácula- hizo tambalear las estructuras sociales vampíricas con el descubrimiento del vampisol, una pócima excelente, con elevado porcentaje de ron, que garantizaba a los chupasangres del mundo entero disfrutar del sol sin convertirse en polvo, obteniendo, de paso, un seductor bronceado. ¡Pero -ah, amigos-, al inocente sabio no se le ocurrió mejor majadería que ofrecerla gratis al draculino pueblo! Y los grandes trusts vampiroanónimos que regentaban -a un lado y a otro del Atlántico- los grandes negocios de «veraneo artificial» vieron peligrar sus beneficios ante tan desleal competencia, obligando al sabio a huir con la fórmula y esconderse en una pequeña, tibia y olvidada isla de cocos y palmeras: Cuba. ¡Y ahí fue la de Troya!

Así empezó la cosa y, por lo que sabemos, todavía continúa: la humilde isla es, sin saberlo, el escenario donde los principales «gangs» de vampiros (los europeos y norteamericanos) dirimen sus querellas y andan a mordiscos por apoderarse los primeros de tan maravilloso y adictivo cóctel: el vampisol.


Al menos eso es lo que contaba una extraordinaria y divertidísima película de dibujitos animados cubana que pasaron la última semana en el local del viejo cine Doré, en la Filmoteca Nacional, entre los sabrosos pescados, el embriagante olor de las frutas y las carnes sangrantes del único mercado extrovertido de Madrid, una generosa lonja que, en lugar de encerrarse hacia dentro, entrega su oferta hacia afuera, hacia el agradecido peregrino que atraviesa de paso el barrio de Lavapiés... En medio, ya digo, de tanto sabor a pueblo madrileño, a hospitalidad, está aún la coqueta y acogedora Filmoteca -gracias Chema Prado- que, como el viejo Doré, sigue siendo, sobre todo, un cine de sesión continua, el único cine de barrio que nos queda.

¡Y era un placer oír a los jóvenes de Lavapiés partiéndose el culo con los vampiros de la pantalla! En todo se notaba el toque de barrio: en el brillo auténtico, solidario, de las carcajadas; en el olor rancio a sudor y cuero obreros; en el deseo de vivir, pese a quien pese; hasta en la película cubana -tan barriobajera, como Lavapies: hacia los «bajos» del Manzanares-, simpática, inteligente, magníficamente cutre, una gozada.

De todos los disparos culturales de la Revolución Cubana, estos humildes dibujos animados -los Filminutos, los Quinoscopios (dibujados por el autor de Mafalda) y estos Vampiros en la Habana-, son los que mejor han alcanzado el blanco. Al menos la gente de Lavapiés se desternillaba con las aventuras y desventuras de los vampirizados cubanos. Y la risa compartida es el más hermoso y vivificante gesto de solidaridad.

05 abril 2018

Ian Somerhalder y Nina Dobrev

La creciente dependencia del festival alternativo Sundance de actores consagrados de Hollywood se hizo evidente en el potente y maratoniano arranque del festival, el viernes. No sólo porque Dustin Hoffman, Al Pacino, Morgan Freeman o Sean Penn vaguen estos días medio sonámbulos y despreocupados por las calles de la estación invernal de Utah. La presencia de estrellas en los primeros filmes proyectados -además de confirmar que las modestas instalaciones del veinteañero certamen se han quedado pequeñas para la avalancha de público- respaldó la calidad de varias películas que confirmaron las expectativas.

De las tres premieres fuera de competición, People I know (La gente que conozco), con un excelente Al Pacino omnipresente en sus 94 minutos, recibió la acogida más calurosa. La angustiosa historia del joven director Dan Algrant retrata la precipitada decadencia de un publicista, una pieza fundamental en el engranaje de fama, poder, dinero y conexiones sociales que mueve la ciudad de Nueva York. Al Pacino, un abogado que ha sacrificado la candidez de la provincia americana por la servidumbre a las estrellas de cine en la gran metrópoli, nos conduce por las sucias entrañas de la sociedad de los patricios neoyorquinos.


Dan Algrant tuvo que regresar a la sala de edición para borrar buena parte de las imágenes de las Torres Gemelas, que eran parte central de la obra. Los difuntos rascacielos aparecen tan sólo en un apocalíptico amanecer, en el que las luces de sus oficinas se encienden para despertar al que podría ser el último día de sus vidas. «Es una Nueva York turbia, y decadente, y real», asegura Algrant, que contrató a un ex jefe de policía para encarnar a un personaje de ambición y maquiavelismo inspirado en el ex alcalde Rudolph Giuliani.

Además, People I know rescata para el cine a Ryan O'Neal, confirmando que Sundance es el mejor escenario para tratar de resucitar carreras.El mejor ejemplo de ello fue la llegada de Robert Downey Junior.El chico malo de Hollywood, tras pasar por las preceptivas clínicas de rehabilitación, se ha metido en otra cama de hospital. Plagado de ronchas de soriasis, encarna a Dan Dark, atormentado y fracasado escritor de novelas policiacas, cuya principal obra es El detective cantante.

Rodada en parte como un filme noir pero salpicada de números musicales para lucimiento de la vis cómica de Downey, El detective cantante aspira a emular el éxito de otras comedias ácidas que triunfaron en Sundance como Hedwig and the angry Inch. La arriesgada película ha sido producida por una estrella de Hollywood: Mel Gibson, que se ha reservado el papel de un molesto psiquiatra.

Pero el fracaso más rotundo del stablishment de Los Angeles en la aventura independiente ha sido Levity, la película que inauguró el festival la noche del jueves. La historia de redención y expiación de pecados, situada en una barriada marginal de Chicago, cuenta con un elenco de gran producción: Billy Bob Thornton, Morgan Freeman, Kirsten Dunst y Holly Hunter. Los comentarios contra la obra de Ed Solomon -más conocido por haber participado en producciones como Hombres de negro- han sido demoledores. «¡Que caos desproporcionado! Es una colección de historias fragmentadas e ideas en busca de un mejor guión y de un director menos afectado por la necesidad de estrellas en su primera obra tras las cámaras», escribía ayer el crítico Scout Fondas.

Los rumores sobre la levedad de la película debían de ser sonados porque el estreno fue uno de los escasísimos eventos con entradas aún a disposición del público. Y tanto Billy Bob Thornton como Kirsten Dunst no dieron señales de vida, como se esperaba.

A la veterana Holly Hunter no le quedó más remedio que afrontar los tibios aplausos. La actriz de El piano no tenía escapatoria, porque es la estrella homenajeada este año por el certamen. Hunter se resarció del mal trago del jueves con la presentación de Trece, que recibió una excelente acogida.

La película, que figura en la sección competitiva, ha sido escrita por su directora, Catherine Hardwicke, y por una de sus protagonistas, la chica de 13 años Nikki Reed. Este retrato de la adolescencia en una escuela americana enterneció corazones, pero no tanto como La educación de Víctor Vargas, sobre la pubertad en la pobreza latina de Nueva York. A los asistentes a Sundance les gustaría haberla podido premiar, pero la película naturalista del joven Peter Sollett ya pasó con éxito por otros certámenes como San Sebastián.

A sonido de palmas nadie aventaja a The Cooler, protagonizada por William H. Macy y por Alec Baldwin. La historia retrata la brutalidad de otra ciudad -en este caso Las Vegas- y desnuda tanto las carnes como la violencia de sus protagonistas a niveles poco usuales en el cine norteamericano.

La competición más dura no está entre las películas en liza. Las carreras entre los distantes cines de Park City son para encontrar un asiento en las proyecciones.

«El impulso de los Juegos Olímpicos del año pasado sirvió para mejorar y ampliar instalaciones», asegura el padrino del festival, Robert Redford, pero la pequeña estación invernal es superada por la avalancha de cinéfilos y no tanto. La escapadita de fin de semana a Sundance se ha incluido en el circuito social de señores y señoras bien con escaso interés por el buen cine. Los patrocinadores -desde firmas de ordenadores hasta bancos de inversión- agasajan a sus clientes con estancias de varios días para que esquíen, se codeen con las estrellas de cine y se den aires de «independencia».

El overbooking en los pases se ha complicado por la mayor presencia de distribuidores, en busca del próximo Blair Witch Project o Mi gran boda griega, capaz de multiplicar una inversión de apenas tres o cuatro millones de dólares en más de cien. La facturación del cine independiente en EEUU pasó en 2002 a ser el 7% del total, frente al 3% del año anterior, lo que ha incrementado el interés.

Distribuidoras como Fox Searchligt, Miramax o Fine Line -brazos indies de los grandes estudios-han desplazado a un mayor número de personas para poder acceder a los cuatro o cinco pases diarios que han suscitado más interés a priori. Según el productor de The Cooler, Michael Pierce, las presiones de los estudios para acceder antes a las cintas ha llegado a un punto en el que frases como: «Déjame ver la película y te presto a mi mujer» no sonarían tan disparatadas.

Los autores también han puesto límite a las ediciones en vídeo de sus obras por temor a que acaben pirateadas y las copias visionadas por los eventuales compradores estén en muy mal estado.

30 marzo 2018

Batman el vampiro

Aparte de las novedades de reparto; el musculoso Val Kilmer en lugar del veterano Michael Keaton, la cara escindida de Tommy Lee Jones en lugar de la sonrisa enharinada de Jack Nicholson y la aparición de una renovada y sugerente Nicole Kidman emulando la rotundidad de Kim Basinger; y unos decorados tenebrosos y urbanos que la acercan más a los dibujos de Bob Kane en el cómic original, se puede decir que la nueva versión de Batman resulta, con diferencia, la menos convincente de las tres entregas que se han realizado hasta el momento.

En esencia el hilo argumental, lo de menos en un planteamiento de esas características, es el de costumbre, el enfrentamiento de Batman con el insaciable resentimiento de un personaje, en este caso dos, marcado por la mano cruel del destino, pero las distintas fases del relato saltan sin transición del extremo de la acción, lastrada por una planificación asfixiante y carente de perspectiva, al de un intimismo pedante y torpemente psicoanalítico, de tal manera que parece que la película hubiera estado concebida para ser contemplada por dos tipos de público diferentes que se relevarán alternativamente ante la pantalla.


Las hazañas heroicas, las peleas espectaculares, todo lo que puede despertar el interés de los más jóvenes, deja absolutamente indiferente a los paladares más adultos, que de todos modos tampoco tienen motivos para echar las campanas al vuelo en las secuencias de diálogos pretendidamente ingeniosos, retroexplicativos o supuestamente picantes.

La característica más notable de Batman forever es la dualidad esquizofrénica, aunque lamentablemente superficial, a la que aspira el conjunto de la película.

Al imprescindible desdoblamiento del protagonista en superhéroe de fijaciones vampíricas y honorable prócer de la ciudad de Gotham de infancia traumática, se suma la irrupción del personaje negativo encarnado con autocomplaciente desmesura por Tommy Lee Jones, que no es otro que el conocido Jocker, que adopta aquí el explícito nombre de Dos Caras.

Para redondear el planteamiento de dualidad y simetría, frente a la presencia de un segundo héroe positivo, el inevitable Robin, surge la figura de un sofisticado villano, de mente maquiavélica y aspecto andrógino, instalado también en una segunda personalidad, que se hace llamar Enigma, al que da vida uno de los descubrimientos más irritantes del nuevo Hollywood, el atleta de la mueca desencajada Jim Carrey.

La nueva versión de «Batman» resulta, con diferencia, la menos convincente de las tres entregas que se han realizado.

22 marzo 2018

Henry Miller fue el marido de Marilyn

Hay memorias carnívoras, como la de Henry Miller. En escritores como él, que hacen de la vida el compromiso y la clave de toda su obra, el recuerdo tiene siempre nombre y apellido, cristaliza en un perfil que el tiempo no ha logrado desdibujar, encarna en figuras muy precisas que conservan, a pesar de la distancia, el brillo, el aroma, la cadencia, el contradictorio pero inconfundible aliento de los seres vivos. La memoria de Miller tiene la textura del paladar y absoluta predilección por los cuerpos sólidos: las facciones, los gestos, las huellas de sus amigos, cuidadosamente masticados. Con 81 años inició Miller «El libro de mis amigos», libro de memorias cuya última parte, dedicada a un puñado de mujeres más amigas que amantes, la empezó días después de cumplir los 86.


Octogenario, pues, Miller recuerda. Deja que su memoria se repliegue como un reptil atento, puntilloso, exacto, que desdeña las evanescencias de la melancolía y salta, certero, a la yugular de todos sus amigos recordados. Al final, por supuesto, la melancolía no se puede evitar, pero brota con suma pulcritud de las venas limpiamente perforadas. Tuvo Miller, por lo que se ve, una vejez exenta de escrúpulos sentimentales, de ahí que su memoria destile tanto afecto, pero tan contenida emotividad. Hay en todo el libro una rara y briosa tensión entre la inocencia edénica que subyace siempre en los comportamientos desprejuiciados y rebeldes y la malicia desplegada por los espíritus depredadores. 

Tensión mucho más clara y luminosa en los retratos de amigos de infancia y adolescencia, con quienes Miller inauguró, de modo tan precoz como espontáneo, la rapacidad emocional, carnal, cultural, con frecuencia también económica (los consabidos y candorosos sablazos) que alentó toda su vida y sustentó, por consiguiente, lo mejor de su obra. Tensión persistente en las relaciones con sus amigos de madurez, casi todos ellos afectados, por cierto, por una extraña deuda con el espíritu agazapado de la infancia, y no digamos en sus relaciones con las mujeres vampíricas (las relaciones) hasta la extenuación. No es de extrañar, por ello, que todos los amigos aquí rememorados acaben incurablemente desconectados de Miller, y que su afectuosa memoria de sátiro bien acompañado no le redima de sentirse «un solitario, un tipo al que no le importa marchar solo»; un hombre algo más triste y un poco más sabio, como el viejo marinero del poema de Samuel Taylor Coleridge, cada vez que cancela el recuerdo de un amigo.

14 marzo 2018

Ian Somerhalder y Nikki Reed

Dos pálidas adolescentes, con gruesas líneas de pintura alrededor de los ojos y los labios, sentadas en una cama, ríen sin cesar. Se están golpeando la una a la otra. Primero bofetadas, después puñetazos, al final un golpe tan fuerte que tumba a la más blanca, casi transparente y delgaducha, que cae al suelo inconsciente. No sienten nada bajo los efectos del hielo, una droga derivada de las anfetaminas. Las dos tienen 13 años.

La primera escena de Thirteen -una de esas películas con momentos en los que buena parte de la audiencia se tapa los ojos o mira al suelo- no es sólo escalofriante, sino también realidad. Nikki Reed, una adolescente de Los Angeles Oeste, de entonces 13 años, es la coautora de este guión sobre su propia vida.

De hecho, escribir el guión surgió como parte de la terapia improvisada por la novia de su padre, la directora debutante Catherine Hardwicke, que quería sacar a Nikki de la espiral de excesos en la que había caído aquella chica sensible y buena estudiante. La idea funcionó tan bien que no sólo Nikki, que ahora tiene 15 años, se desenganchó de la vida autodestructiva, sino que el guión acabó en un filme independiente, presentado en Sundance, y comprado por la Fox, que lo distribuye por todo el país con gran éxito de crítica.


El retrato de sexo, drogas, autolesión, robos y muchos piercing es simplemente una parte, según Nikki, de la vida diaria de adolescentes como ella en un colegio de clase media en un barrio cualquiera de Los Angeles. Su historia es la de una estudiante responsable fascinada de pronto por la chica guapa del colegio, posesiva, atractiva, muy popular y sin límites. Nikki no cayó en las drogas, dice ella, como el personaje que la representa en la película, Tracy (interpretado por Evan Rachel Wood), pero sí en todo lo demás.

A los 13, Nikki solía levantarse a las 4.30 de la mañana para que su amiga pasara por casa y tuvieran una sesión conjunta de maquillaje y peluquería durante tres horas antes de ir al colegio.En cuanto volvían, preparaban la ropa para el día después, con suficientes aberturas como para enseñar los piercing del ombligo o el tanga. «Tenía un calendario con la lista de mi armario, con cómo llevar el pelo en cada ocasión para no repetirlo nunca más», explicaba hace pocas semanas Nikki en la presentación de la película.

La mayor parte de esa ropa, la robaba o la compraba con dinero robado en Melrose Place, la calle de las tiendas caras, y por lo tanto inalcanzables para su madre, una peluquera divorciada con suficiente dinero como para vivir en una casa espaciosa, pero no tanto como para cubrir todos los gastos de la consumista América, comprar vaqueros de 50 dólares, pagar por la televisión por cable y llegar a todas las cuentas.

Su madre, Cheryl (Melanie, interpretada en la película por Holly Hunter) jugaba a ser adolescente y colega de sus hijos, mientras flirteaba con su novio, adicto a las drogas, al que su hija odiaba.De ese odio, de la presión del grupo, de la falta de recursos, de la ausencia de un padre, demasiado ocupado, nació el casi enamoramiento de la chica por una amiga rebelde y exitosa frente a sus ojos (que interpreta, por cierto, Nikki en la película).«Empecé a pasar del colegio, a fumar hierba, a hacer locuras con chicos», explica hoy Nikki, convencida de que todo lo que quiere hacer es estudiar en el instituto y mejorar la relación con su madre, a la que, dice, «trataba mucho peor de lo que sale en la película».

Lo que empezó como un juego, ya incitado por el ambiente (su madre la acompañó a hacerse un piercing en la lengua cuando tenía sólo 11 años) acabó en un infierno, del que al final Nikki salió cuando se quedó sola, a punto de repetir curso y en medio de una familia que ella estaba ayudando a llevar a la destrucción.

La adolescente precoz -«crecí demasiado deprisa»- sufrió en una familia rota que se acerca más al estándar estadounidense que al ideal del presidente Bush. Aparte del índice de divorcios -como acaba uno de cada dos matrimonios-, las horas ilimitadas de trabajo reducen la atención dedicada a los hijos, entre otras cosas porque en el 70% de los hogares la madre soltera o los dos padres trabajan fuera de casa.

En el caso de Nikki, la presión de grupo y el consumismo feroz, amplificado por las revistas para adolescentes, la perdieron, pese a vivir en un barrio residencial.

En el país más rico del mundo, casi siete millones de familias viven por debajo del umbral de la pobreza según el censo de 2002.Los que resisten tienen que trabajar sin tregua para cubrir los costosos gastos de salud para sus familias y tienen que hacer sacrificios como el de reducir las vacaciones. Más de un tercio de los padres que trabajan no tienen siquiera derecho a éstas ni a ausentarse por enfermedad.

La situación económica de Nikki ha mejorado, pero no ha dado un gran giro en realidad. «Casi no nos pagaron nada», contó en la rueda de prensa en Los Angeles para presentar el filme. «Nuestro estatus de ingresos no ha cambiado». Pero sí sus ideales. Cuando ahora se le pregunta por la fama o la carrera, su única respuesta es: «Tengo 15 años, tengo que ir al instituto».

«Crecí demasiado deprisa. Trataba a mi madre mucho peor de lo que sale en película»

Fecha de nacimiento: Los Angeles Oeste, 1988, hija de una peluquera y de un postproductor. Divorciados. Enero, 2002: La novia de su padre, una diseñadora cinematográfica, le propuso escribir un guión. Tenía sólo 13 años, pero la idea de Catherine Hardwicke salió bien y en pocas semanas la convirtió en guionista y actriz.Agosto, 2003: Después de 24 días de rodaje con un presupuesto muy reducido, Thirteen se convierte en la película estrella del festival de cine independiente de Sundance. Ganó el premio al mejor director y la compró el gran estudio Fox para distribuirla.«La mayoría de las películas sobre adolescentes son fantasía», señaló Nikki en la presentación de la película el pasado mes.

07 marzo 2018

Los dueños del skate

Los amos de Dogtown es una crónica del nacimiento del skate en la California de los años 70. Casi un documental que resucita la escena más underground del skate, con un guión escrito por Stacy Peralta (uno de los skaters míticos de Estados Unidos, con su propia marca millonaria). La película arranca con una fatal sequía que obligó a vaciar las piscinas de Los Ángeles, lo que dio origen a que los adolescentes se colaran en las casas. Todo para patinar en esas piscinas de formas curvas e inventar el skate moderno, con piruetas, giros de vértigo y saltos imposibles.

La directora Catherine Hardwicke conocía a la troupe de skaters porque vivía cerca de Venice Beach y estaba en contacto con los Z Boys (el equipo de Peralta, que ganó varias competiciones de skateboard en Estados Unidos). Y las escenas de patinaje en las piscinas destacan por su realización radical y su plasticidad. Además, imprime una lograda y realista estética del mundo del surf en Los amos de Dogtown.


El filme cuenta la historia de tres iconos del skate: el propio Peralta, Tony Alva y Jay Adams. Como curiosidad, también hay un cameo de otro crack del skate, Tony Hawk, famoso por su saga de videojuegos basados en sus increíbles piruetas (de hecho, en el juego American Wasteland se hace una mención a Dogtown).

Los amos de Dogtown, una película de culto en el circuito skater, ofrece una perspectiva más subjetiva y un argumento al estilo Hollywood del documental Dogtown and Z Boys dirigido y escrito por Stacy Peralta (y con narración de Sean Penn). Hardwicke, especializada en el cine teenager (ya había despuntado con su opera prima Thirteen, y después dirigiría Crepúsculo), profundiza en la relación de amistad entre los skaters, en sus egos y su manera de afrontar el éxito. Rodada en 2005, entre los protagonistas del filme destaca la presencia del malogrado Heath Ledger o la veterana Rebecca De Mornay.

Catherine Hardwicke ganó Sundance en 2003 con ‘Thirteen’. Ella misma escribió el guión junto a la protagonista, Nikki Reed, basándose en sus experiencias cuando tenía trece años. Además de drogas y alcohol, la película trata el tema de las autolaceraciones.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...