14 agosto 2016

El olor del jazmín

De alguna manera la política es una forma de obligarnos a casi todos desde la dudosa verdad de unos pocos. Ahí empieza la primera malformación del oficio, el gesto malinche de un Gobierno. No falla. 

El inconveniente de las traiciones no asumidas es que están inmaduras para la sencillez expresiva. Sucede cuando las malas ideas se disfrazan de lobo retórico, de decretos punitivos dictados por hombres o mujeres que no saben irse despacio. Y al final sucede que los políticos tipo Zapatero, aquel que vino a refundar el caudal puro de la izquierda, nos dejan en las mismas bragas de esparto que los otros y además comiendo con los dedos.

Ningún presidente del Gobierno acepta dejar de serlo. Íntimamente se creen llamados a permanecer ahí por siempre. Y esa es otra traición. Sucede en el momento en el que se sustituye el manejo de principios por el de intereses. Cuando se malcambian algunas ideas de futuro por un puñado de votos desteñidos del que se ha borrado el escudo ideológico. Estamos de nuevo en esa onda. En los últimos 30 años nunca la política ha sido menos fascinante ni ha acarreado más sombras mediocres y delictivas. Entre todos los que son se han follado las utopías inmediatas de dos generaciones. Utopía ya de por sí menguada al hecho de cumplir con la letra del piso.

A poder currar en lo que sea. A esa malformación se llega cuando desde el poder se interpretan ciertos derechos como un privilegio, cuando se olvida la calle con desprecio. Eso también es la traición. Eso es ir quedándose solo, como afirmaba a su modo Ingmar Bergman.

En un memorable verso, el gran Francisco Brines dice: «Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde». Pues escuchando ayer la radio yo sé que oí a Zapatero en un viernes de mi agónica juventud, y no existió la izquierda. Nos han depositado, perdón por la tristeza, en el páramo de una democracia desértica dónde hoy espera turno la derecha rampante. Los políticos se han bunkerizado. Y entretanto se atreven a darnos a entender que nuestra decepción resulta irremediable porque es la fianza del Estado del bienestar. Es decir, el cebo humano que se cobran los bancos, las sociedades de inversión, los lobbies especulativos, los impulsores de la perversa euforia del pasado. La vieja licantropía del dinero que se presenta ahora disfrazada de oveja con infarto. Y esa es una insoportable verdad.

«No siento que haya traicionado mis principios con la reforma laboral». Lo dijo Zapatero. Y es fastuoso. Ya se lo contaremos. Para decir eso hay que tener el corazón bajo y blando, e incapaz ya de nada grande.

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