27 noviembre 2012

El Ché borracho

Korda, el fotógrafo de la revolución, el fotógrafo de Fidel, el fotógrafo del Ché, el autor del primer plano que no es un retrato, sino el Retrato, el icono, el Ché en posters y postales, el Ché millones de veces. "¡Ah, el dinero que habría podido yo ganar con esa imagen!", Korda está cansado de contar su historia. En la casa de Korda (una fotografía en la pared que es Korda rodeado de fotografías de Korda) el ron es gratis. Las entrevistas no. Las entrevistas se pagan. Y los souvenirs. Treinta y seis mil pesetas cuesta el comandante. Se llevan las reproducciones a puñados. El último cliente, un andorrano borracho y rico. Se vació los bolsillos."¿Cuántas me das por esto?" Korda calculó. Doce. "Pues doce, ya volveré por más". Y volvió.

¿Qué podría haber fotografiado hoy en La Habana? "Hoy nada. Ya no quiero. La revolución me quitó el descapotable y me devolvió la dignidad. No puedo trabajar en su contra. Es difícil hacer una foto que hable bien de ella. Y qué demonios, están las exposiciones en el extranjero, los viajes. Es agradable vivir así... ¿Acaso hay algo nuevo aquí que merezca la pena ver?".

Lo nuevo no le interesa a Korda, que vive de la permanencia. Lo nuevo es un festival de travestis, dos horas de transformismo habanero en un local cedido por el partido, primera vez en la historia de competición legal y autorizada. No se ha enterado nadie. El que se entera después no se lo cree y el que se lo cree se escandaliza. Por exceso o por defecto. Por el dónde vamos, hemos perdido el norte. O por el son capaces de cualquier cosa con tal de que parezca que esto se mueve. El travestismo consentido se convierte en indicador de reforma y contrarreforma política, según. 

Y el festival no se sacude el aire de clandestinidad, por si acaso, entrada limitada, tú de quién eres amigo preguntan en la puerta. Así que Rocío Dúrcal, o sea Enrique Morante, que fregaba suelos en un hospital hasta que le despidieron (demasiado femenino para trabajar de cara al público) no va a extrañarse si aparece la policía, ya apareció hace unos días en una fiesta y le costó una noche de calabozo y el vestido, ahí sí le dolió. Mientras tanto pide hormonas y libertad, que para él es todo uno, una cosa sin la otra de qué le sirve. "Mejorar, hemos mejorado. Hoy. Mañana, no sé. Ya no me pinto los ojos con acuarela ni la cara con desodorante blanco ni los vestidos son de papel. Me pagan hasta cincuenta pesos por actuar en una fiesta privada. Sólo por cantar. Yo los cojo y vivo. Y no me preocupo porque aquí sólo vive el que sabe manejarse en el surrealismo. ¿Ve a Isabel Pantoja? Era químico y lo dejó porque le va mejor con la tonadilla. Haga una prueba. ¿Ha alquilado usted un coche? Pregúntele, pregúntele al chófer. A saber dónde andaba hace un par de años, seguro que ni se reconoce ahora ni se explica cómo ha llegado hasta aquí". En un aparte. "¿Es verdad que Rafael provocó el accidente de Nino Bravo porque le tenía envidia?".

El chófer conduce con pistola. La reglamentaria debe de ser, porque toda la vida fue comisario político de los de primera generación y con los ascensos, la licenciatura en Ciencias Políticas y los años de estudios en Moscú, antes de jubilarse, se encontró en el Ministerio del Interior con "la responsabilidad política de las fuerzas de seguridad". ¿Y eso qué quiere decir? "El comisario político de todos los comisarios políticos de La Habana. ¿Ve ese monumento? Lo coloqué yo. Por los caídos de la revolución. Es de granito pero se empeñan en pintarlo. La manía de lavarnos la cara".

Al chófer comisario le gusta el sol y sombra. A su mujer, economista y profesora de marxismo en la Universidad, el güisqui con soda. Y a los dos les gustan los turistas. Todos. El capitalismo ya es otra cosa. El capitalismo les da igual y el comunismo también. "¿Qué quiere usted ver? ¿Qué quiere saber? ¿Quiere ver dónde hay droga? ¿Viene por lo de las jineteras? Lo que usted diga, porque para eso estoy yo aquí. Siempre pensé, voy a jubilarme tranquilo, con dinero suficiente para poder seguir pasando las vacaciones en los hoteles de mi Ministerio, como antes. Y ahora ya sé que no voy a dejar de trabajar nunca, así que ojalá vengan muchos turistas aunque terminemos descolocados, el mundo al revés, los arquitectos vendiendo dulces. Cuénteme, ¿de verdad cantaban todos esos hombretones vestidos de mujer con zapatos y todo? Lo creo porque lo vio usted pero me cuesta trabajo".

Aroldo Dilla, sociólogo, investigador del Centro de Estudios sobre América (CEA), un organismo, dice, y no es el único, gubernamental pero respetado, ha llegado a conclusiones parecidas a las del chófer politólogo. "Se permitió el trabajo por cuenta propia. Se permitió con desgana, con una actitud de bueno no nos queda más remedio y se trata a quienes se acogieron a esta medida como a niños majaderos a los que es preciso vigilar. Ya está bien. Hay doscientas mil licencias, y por cada una, cinco trabajadores ilegales. ¿Qué ocurre? Que las mujeres sufren como nadie las reducciones de plantillas, que la sociedad se empobrece, que la generación que ha crecido en la expectativa no tiene más opción que la de la economía informal, que algunos altos cargos y la mayoría de sus hijos se ocupan de empleos no cualificados. Que ya nadie sabe cuáles son sus proyectos. Que quien tiene dinero no tiene influencia política y al revés y se vive en la esquizofrenia. Tenemos claro que no hay retorno. ¿Cómo le pides a un joven que trabaje para el Estado y se quede en el lugar profesional y social que naturalmente le corresponde?".

A Luis Martínez, de natural y casi por genética, le correspondía el de ingeniero naval. Militar, hijo de militar, miembro disciplinado y destacado de las Juventudes Comunistas, encargado, entre otras cosas, de vigilar si la CIA ponía o no una bomba en un barco cubano. Hasta hace dos años. Lo dejó, primero por problemas disciplinarios con un superior que le envió a una casa de reposo militar para que recapacitara. Y, después, porque la psicóloga que le atendía y que terminó siendo su novia, le aconsejó un cambio de profesión, "total, aquí ya no tienes nada que hacer, si pides el traslado antes de que llegues tú van a llegar tus informes y los mismos problemas, así que te doy un certificado de carácter conflictivo y listo". Entre un conflicto y otro echó cuentas. "Quiero una casa, y una casa comprada en el mercado negro, porque la compraventa es ilegal, sólo está permitida la permuta, cuesta novecientas mil pesetas. En estos dos años he ahorrado doscientas mil, trabajando todos los días como taxista. Al principio, tenía prejuicios y me saqué el título de piloto internacional, pero un piloto gana quinientas pesetas al día con suerte y un taxista, cuatro mil. No hay mucho que pensar. ¿Sabe? Sigo creyendo que el capitalismo no es buena cosa".

La presidenta de las Juventudes Comunistas, Victoria Velázquez, 32 años, se apena con la historia de Luis, lamenta la historia de Luis, y suspira y cabecea con el final de la historia de Luis, que escucha como una parábola triste pero exagerada. O sea, como una mentira. Victoria Velázquez fue maestra y lo sigue pareciendo. Por el tono, por el recogido, por el vestido y por los argumentos. Divorciada. Los hombres, dice, no siempre entienden la dedicación y el fervor revolucionario."Cinco millones de cubanos tienen menos de treinta años. Deben entender dos cosas. Que la economía nacional no puede sostener tantos universitarios. De 300.000 plazas hemos pasado a 100.000, para potenciar los puestos técnicos medios. Y segundo, que la solución para ellos no es vender su alma y su corazón". Y entonces... "Las estudiamos en el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas". Más propósitos. "Educación sexual. Los jóvenes cubanos sienten bastante prevención hacia los preservativos. No les gustan". ¿Pero hay preservativos? "Bueno, ahora sí. A temporadas, pero ahora sí". ¿Crecimiento del número de abortos? "La tendencia es ascendente". Mucho, no es difícil encontrar quien a los 17 años ha sufrido cuatro o cinco interrupciones de embarazo.

¿Y el trabajo? ¿Y la vivienda? Asunto, dice Victoria Velázquez, Viqui, de Pedro Ross, secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba. ¡Pedro! ¡Arroz!, le gritan en la calle. Un antiguo jefe de prensa de Fidel Castro le contó un día el chiste. "Me llaman los agentes de seguridad de un acto público. Quiere entrar alguien que asegura que es Pedro Ross pero no tiene identificación. ¿Y qué más dice?, le pregunto yo. Nada. Ni habla ni da ninguna explicación. Entonces es él, no hay duda. Déjenlo pasar". A Pedro Ross no le hizo ninguna gracia. "Parece mentira...".

"¿Vio usted a Pedro Ross? Le pondría el brazo por encima del hombro, claro". Sí. Debe de ser un tic. El otro, antes de que nadie le pregunte nada, la avalancha de números. Se sobrepone al chiste y explica y explica. Reconoce un excedente de medio millón de trabajadores de la Administración. Hace unos meses, hablaba de un millón, de un total de tres y medio. "Hemos recolocado 60.000 y en su casa, cobrando el 60% de su salario, están 18.000". La recolocación será, sobre todo, en la agricultura que, calcula, necesita medio millón de trabajadores". ¿Y usted cuánto gana? "450 pesos cubanos al mes". Dos mil pesetas al mes, un buen pico, el sueldo medio no llega ni a la mitad. Y vivo estupendamente con ese dinero".

Mejor, seguramente, y si ninguno miente, vive Pedro Tavares, el dueño del paladar más rentable de Cuba. Antes de la revolución, propietario de cinco cafeterías. Después, camarero del famoso restaurante 1830. "Cuando allí se vendían cuatro millones de pesos al año. Yo en mi negocio ahora gano más. Es un toma y daca. Lo que el Estado te quitó, el Estado te lo devuelve, aunque no quiera. Y tú recibes y das. Un inspector de Sanidad, de los que vienen a comprobar si todo está en orden, gana ochocientas pesetas al mes. A todo el mundo le gusta comerse un pollito y beber ron. De los nuevos tiempos también hay que aprender las triquiñuelas".

Los nuevos tiempos preocupan a Luis Gutiérrez, compañero del sociólogo Aroldo Dilla en el CEA, economista y autor de un estudio que critica no el porqué, pero sí el cómo de la apertura de la economía cubana. "Las reformas están claras y son irreversibles. En los últimos tres años se ha despenalizado la tenencia de divisas, se han autorizado los mercados de artesanía y los agropecuarios, se ha promulgado la Ley de Inversión Extranjera que permite la presencia de firmas con capital enteramente extranjero ¡quién lo iba a pensar!, más de 200.000 personas se dedican al trabajo por cuenta propia. Se han abierto 1.500 paladares. Doscientas empresas extranjeras se han instalado en la isla y su compromiso de inversión es de dos mil millones de dólares, el 8% de nuestro PIB. No quiero decir que la economía vaya bien, eso sería absurdo. La cosecha de azúcar del 94 fue sólo de cuatro millones de toneladas, una cifra parecida a la zafra de los años veinte. Pero lo que cada vez parece más claro es que no hay vuelta atrás, y esa convicción la tenemos los analistas, pero no el Gobierno. Y si la tiene, peor, porque carece de un plan maestro. Se mantienen contrasentidos como que continúe prohibida la contratación directa de un cubano. Las desigualdades se multiplican, así que los focos de conflicto se multiplican también y de manera descontrolada".

Los más inminentes, los derivados de los movimientos migratorios. Lo cree Adela Santos, politóloga con nombre falso, todavía con el síndrome del "usted se va pero yo me quedo", en posición muy cercana al Gobierno durante años. Adela habla de la invasión continuada de las capitales. En los años sesenta el 80% de la población vivía en el campo. Treinta años después la proporción se ha invertido: "Gente que ocupa viviendas en mal estado y crea una situación de superpoblación. Ayer vi cómo la policía desalojaba un edificio entero a golpes. Los trajo el propio Gobierno para que se ocuparan en la construcción y en las fuerzas de seguridad. Y ahora no pueden deshacerse de ellos. Acuérdese, será el siguiente estallido social. Mientras tanto vivimos en el desgaste. Se reactiva la economía lo justo. Contra la miseria te revuelves, contra la pobreza, no. Sobre todo si la oposición política dentro de la isla continúa viviendo en la incoherencia. Y si quien está en posición de crítica, como la Iglesia católica, lo hace de manera tan medida".

"¡Ah! sonríe monseñor Céspedes ¿Cómo tan medida?". Monseñor Céspedes, obispo de La Habana, desciende del Céspedes que comenzó la primera guerra de la Independencia contra España. Oficia en una parroquia medio vacía y saluda uno por uno a los feligreses. El obispo es cuidadoso. "Hay que serlo. La crítica no puede permitirse un tono ofensivo. Yo negocio con la Oficina de Asuntos Religiosos que depende del Comité Central. Y siempre defino: trato correcto pero frío . De momento no puedo pasar de ahí. Voy a darle un dato. En los años 80, se celebraron en La Habana 7. 500 bautizos. El año pasado, 34.000, y eso que el índice de natalidad ha descendido".

Del entendimiento con la disidencia democristiana que permanece en la isla, monseñor Céspedes sólo quiere saber que son buenos creyentes, que van a misa los domingos y que ahí es donde él los saluda, cuando los saluda. Por Gustavo Arcos, presidente del ilegal Comité Pro Derechos Humanos de Cuba, seis años en la cárcel, se pregunta en la parroquia de su barrio. Una parroquia pobre con un Cristo recortado y pegado en la pared y monjas españolas que se desenvuelven muy bien en el manejo contrarrevolucionario y avisan al señor Arcos, en fin, a una vecina porque el teléfono es compartido. "Dígale que le llaman de aquí de la parroquia. Una amiga suya, de la parroquia. Ya sabe él quién soy, que le enviamos a una persona muy interesada en hablar con él. Sí, que va de nuestra parte, que la espere allí...". Las monjas españolas se despiden con un revuelo de recomendaciones y precauciones.

Gustavo Arcos recibe en la terraza para molestar al espía de la casa de enfrente y no enciende la luz para que el espía, con la calle a oscuras, se desespere adivinando a quién recibe el contrarrevolucionario Arcos, nombre histórico de una disidencia creciente pero dispersa y desorganizada. Se calculan cinco o seis mil, Arcos no lo dice, por no dar información o porque no lo sabe. "No vemos con simpatía las inversiones extranjeras, son una inyección a un régimen que subsiste por el capricho de un anciano soberbio. Es cierto que quienes demostramos nuestro desacuerdo con el régimen tenemos posturas diversas. Desde la socialdemocracia a quien carece de ideología concreta. Por concluir, nos une la resistencia a descollonaçao de pobo cubano". Ha concluido en "portugués". "En castellano suena demasiado fuerte para los oídos de una mujer".

Mirta Ibarra, la mujer de Gutiérrez Alea, la protagonista de Guantanamera, no quiere hablar de política ni oír de política, y hasta Fresa y chocolate se le hace cuesta arriba. No le queda más remedio. El esfuerzo por no ir más allá ni más acá de su trabajo termina en que Mirta escribe un guión, Éramos tan vírgenes, que habla de épica y decepción, que cuenta de una mujer recolectora voluntaria de café en los sesenta y que ahora... "Ahora, se pregunta".

Es política que llegue una silla de ruedas para su marido enfermo una semana después de lo que esperaban, a saber por qué papeleo, qué surrealismo, o qué mierda de trámite. Y es política que eche de menos a su amiga Zoé Valdés, la escritora cubana que publicó La nada cotidiana y no tiene más remedio que vivir en París. Mirta pide la novela que cuenta la nada que pasa en Cuba, y que no hay manera de encontrar en Cuba y se acuerda de cuando ella también vivía en París hace veinte años y dejó a un marido plantado allí en un ataque de culpabilidad y complejo de aburguesamiento.

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