07 junio 2013

Matando moscas con cañón

Destruir las moscas a cañonazos, no hay mejor defensa que un buen ataque, y otras sentencias demasiado exprimidas, son aplicables a la actuación del bello tycon en el teatro público. ¿A quién temía este señor para ofrecer gratuitas exhibiciones de agresividad, de autosuficiencia, de susceptibilidad? En el cuadrilátero no se encontraba un peso pesado, sino una chica alterada y complaciente, asépticamente inofensiva, extasiada ante un dios supuestamente irresistible. Su único rasgo de impudicia, su único abordaje a terrenos peligrosos, fue la pregunta sobre la relación actual de Conde con Abelló. 

Al tycon le bastó con un capotazo cínico («me olvido de las cosas desagradables con las personas que he querido, y recuerdo tan sólo las buenas) para que la nena no continuara hurgando. El recital de cortes, preguntas a la contra, monosílabos agrios, correcciones secas, exabruptos educados, mordacidad defensiva y chulería inútil, con la que nos deleitó Conde a diez millones de curiosos, me recordaba a un Bogart de quinta fila, sin su grandeza existencial, en un guión escrito por un ejecutivo grosero. 

Por lo demás, nos regaló una antología de principios bastante reveladora y, por supuesto, muy graciosa: Ganaba unas perrillas vendiendo apuntes; los banqueros no son unos privilegiados, ya que a veces almacenan mucho sufrimiento; no es cierto que haya prácticas deshonestas o poco ortodoxas en el mundo del dinero; los jóvenes y los intelectuales deben de ser inconformistas; encasillar a la gente en derechas o izquierdas resulta trasnochado; la cultura del dinero conduce a la desesperanza; se ha quedado un poco solo, a nivel de amistad, con la muerte de Toledo, pero en el terreno profesional vienen unos y otros se van; cuando una sociedad está bien estructurada los liderazgos sociales independientes del poder político son una garantía de libertad para todos; la gente normal (como él) debe ejercer el poder; si trabajas, lo demás vendrá por añadidura. Muy educativo: La envidia de los pringaos hacia alguien que lo tiene tan claro, puede llegar a asfixiarnos.

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