27 septiembre 2013

Ha habido muchos Pérez de Ayala

Es éste un país que desdeña las glorias y olvida a los muertos, y si son escritores más. La literatura española vive siempre en un panteón provisional, en el que si descansan los huesos principales de sus ilustres, faltan, sin embargo, otros; secundarios, tal vez, pero dificultan que el diplodocus de ese Museo de la Ciencia que es la Historia de la Literatura se mantenga en pie. 

A todos los grandes escritores españoles, prácticamente, les falta un hueso de aquí, de allá, para gozo de hispanistas y asociados, que se dedican, con pasión de versado en lepidóptero, a rastrear textos inéditos u olvidados. Da igual que sea Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna o, como en este caso, Pérez de Ayala, ninguno tiene unas obras completas definitivas, exhaustivas, y es que la literatura española no tiene, ni por aproximación, una colección como la francesa de la Pléiade. Trece dioses, fragmento de las memorias de Florencio Flórez, ese alter ego del autor, de la misma estirpe -aunque sin llegar a su altura- que Alberto Díaz de Guzmán, el inolvidable personaje de la tetralogía, que es su obra cumbre, es una curiosa contribución del joven Ayala, que por entonces velaba sus armas literarias -tenía 22 años-, al movimiento modernista. 

Florencio Flórez es una buena pieza del dandismo finisecular, embebido en lecturas francesas, apasionado por el simbolismo y el decadentismo, elegantemente anticlerical -nada que ver con el lector semianalfabeto de El Motín y otras muestras de prensa comecuras, tan propias del carácter autóctono, un Florencio Flóréz, que se ve obligado a perderse en un pueblo castellano, en un secarral de esa Castilla profunda, la que, por entonces, empezaba a ser tópica en la pluma del 98 (Ayala se desmarca: En Castilla todo es monótono, pág.44). En Trece Dioses no pasa nada. Esa fusión tan modernista de lo erótico con lo religioso chirría un tanto. La justificación del título, la historia triste del tío Simeón, cura a la fuerza, aparece como un pegote al final del texto. ¿Qué interés tiene, a estas alturas, encararse con un texto inédito de Ayala? 

Uno principal, que no es nada baladí: solazarse con una prosa, riquísima y antigua, que ya no está al alcance de paladares de devoradores de novedades. Ya no se escribe así, desde luego. Aquí el idioma se nos ofrece orondo y hermoso, con todas sus galas. Zambullirse en estas páginas es un gozo. Leer clásicos, de vez en cuando, es una buena oportunidad de oxigenar nuestras venas de lectores de lo último. Aunque fuera por eso ya estaría justificado este rescate.

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