16 agosto 2016

Jesulín de Ubrique es peor que un etarra

Uno ya lo sabía desde siempre. Los bandos no son buenos y el ataque en jauría sólo vale para bichos de cuatro patas. Ahora nos lo han vuelto a recordar. 

A uno Jesulín de Ubrique le ha parecido cualquier cosa menos objeto de defensa. Y al cabo de tantas vueltas aquí está uno dispuesto a echarle un capote, o por lo menos a señalar algunas vergüenzas de quien lo pone en lo más alto de la picota pública. 

Uno es antitaurino medular, analfabeto voluntario a la hora de entender que esa muerte por fases de un mamímefero tenga lo más mínimo que ver con el arte ni con nada relacionado con la belleza. 

Uno es un negado para poder y querer apreciar cualquier valor estético en esa tarea de carniceros, y cuando se alude al colorido del espectáculo uno piensa que se habla para tarados antediluvianos que no conocían el cinemascope y se maravillan de ver a unos tipos vestidos de modo ridículo y, eso sí, manejando trapos de colorines, como los de sus braguetas apretadas o sus calzas patéticas.

Uno no puede admitir desde un punto de vista moral que el tormento y la muerte de un animal se convierta en espectáculo ni que cualquier barbarie se ampare bajo el paraguas de la tradición, como si el hecho de sostener a lo largo de décadas o siglos una barbaridad la eximiera de su brutal condición. Pero menos puede uno entender que esa forma ostentosa de dar muerte a un animal sea comparada con un acto terrorista. Anteayer murieron unas cincuenta o sesenta personas en un atentado en Irak. Quizá a consecuencia de la bomba falleciera también alguna gallina o algún pollo o gorrión o escarabajo o perro que anduviera o volase por allí. Tal vez la asociación que ha pedido que los toreros sean considerados terroristas reivindique que junto a las personas muertas en un atentado se dé el número exacto de bichos afectados.

Jesulín, símbolo del machismo con sus corridas para mujeres con correspondiente lluvia y exhibición de bragas, un ser burdo y mentalmente ortopédico, un facineroso aireador de sus líos sentimentales a conveniencia y precursor (en eso acompañado por una nutrida legión) de un analfabetismo oficial, a uno le merece muy poco respeto. Pero menos aún quienes piden que sea considerado terrorista o más exactamente, según su terminología, terrorista taurómaco. La asociación que lo solicita firma con las sospechosas siglas ATEA. Sospechosas no por lo que se refiere a su incredulidad teológica sino a su similitud fonética y de trampantojo con quienes sí creen en el terrorismo, sobre todo después de oír uno de sus argumentos de fondo: «¿Por qué se condena a ETA y no a Jesulín?»

Esta gente, con su portavoz Kepa Tamames a la cabeza, no está reivindicando con sus declaraciones la piedad humana hacia los animales, sino la inhumanidad de sus argumentos y de sus sentimientos al equiparar un toro a un niño, a un hombre, a una mujer víctimas del terrorismo. Dicen que van a plantear un debate filosófico. Otro insulto para la filosofía y para la inteligencia. 

Pareciéndole a uno patético oír hablar de arte después de ver a un animal descabellado y a un tipo vestido de fantoche pasearse con unas orejas arrancadas en la mano, al escuchar a esta gente, la cosa empeora e indigna, porque uno asistiría con agrado a cien o a mil corridas de toros antes que ver a una persona mutilada o muerta en medio de un amasijo de hierros o con un tiro en la nuca. Lo dicho. 

No se puede ir en manada ni atacar en grupo. El hecho de que algo provoque nuestro rechazo no nos hermana con aquellos que parecen sentir lo mismo y que a veces nos causan más repulsión que el propio objeto de la repulsa. O sea, lo de siempre. Extranjero en todas partes.

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