19 octubre 2015

Shikoku

Uno sabe que ha llegado a Shikoku cuando atraviesa el impresionante y kilométrico puente colgante sobre el Estrecho de Naruto. 

Allí abajo, en el punto en que se encuentran las aguas del Pacífico con las del mar interior llamado Seto, pueden verse unas colosales turbulencias que dejan atónito al viajero.

La diferencia del nivel de las mareas entre ambos mares llega a ser en ese punto de metro y medio. Las corrientes generadas por el fenómeno alcanzan una velocidad de entre 15 y 20 kilómetros por hora, así que el encontronazo de los mares da lugar a estos espectaculares remolinos sin parangón en el mundo. 

Hay barcos que llevan a los turistas literalmente encima de las aguas embravecidas que amenazan con tragarse todo lo que se acerque, aunque los menos aventureros pueden caminar por el puente hasta un mirador con suelo de cristal y observar tranquilamente el fenómeno desde cincuenta metros de altura.


Muy cerca del puente se halla el extraordinario Museo de Arte Otsuka. Además de ser el mayor de Japón, es el primero del mundo dedicado a las artes cerámicas.

En sus inmensas salas se exhiben, primorosamente reproducidas en mosaicos cerámicos, más de mil obras de arte seleccionadas procedentes de museos de 25 países diferentes, principalmente europeos. Sólo por contemplar las paredes y techos recubiertos de esas increíblemente logradas reproducciones vale la pena el largo viaje hasta esta desconocida isla.

Tokushima, capital de la Prefectura del mismo nombre, es una ciudad moderna y práctica, un punto de partida ideal para descubrir los numerosos atractivos que la rodean. 

Entre ellos, el llamado Museo Alemán de Naruto. Durante la I Guerra Mundial se retenía a los prisioneros alemanes en un campo cercano a la ciudad. El comandante nipón era un hombre amable que permitía el contacto entre detenidos y lugareños.

'Sinfonía de la alegría'


En tan buen ambiente, los alemanes dejaron, además de numerosos amigos, muchas muestras de su cultura, como un puente de piedra casi totalmente terminado, y, lo que los viejos del lugar recuerdan más, la primera interpretación que se hizo en Japón de la Novena Sinfonía de Bheethoven. 

Una famosa película, Sinfonía de la alegría, describe la vida de aquellos prisioneros. Los pabellones construidos para el rodaje aún están en pie y dan una perfecta idea de cómo transcurrían sus días durante aquellos difíciles años. Desde luego, nada que ver con Auschwitz.

Pero Shikoku es, sobre todo, naturaleza viva. Su geografía montañosa, poblada de bosques y gargantas, ha dado lugar a una red de carreteras estrechas y bien asfaltadas que culebrean siguiendo el trazado caprichoso de los ríos. 

La mayor parte del interior está poco habitado, así que trasladarse de un lugar a otro ya constituye un atractivo en sí mismo, acentuado por la exquisita prudencia y educación viaria de los conductores japoneses. 


La isla es un gigantesco parque natural, primorosamente cuidado, ideal para hacer trekking o peregrinar a pie. Los amantes de la montaña encontrarán particularmente atractivo el Valla del Iya, un laberinto de profundas gargantas y empinadas laderas boscosas, muy cerca de la Prefectura de Kochi. El aire es tan puro allí que se disfruta sólo con respirarlo.

Lo más llamativo de la región son los kazurabashi, puentes colgantes hechos de troncos y lianas retorcidas que servían para salvar las gargantas. 

En caso de necesidad, bastaba cortar ciertas lianas con un hacha para impedir el paso a cualquier ejército invasor. Aunque se trata de puentes medievales, siguen reconstruyéndose cada tres años por su valor histórico y su indudable atractivo turístico.

Algunas de las gargantas son sencillamente imponentes, como las de Oboke y Koboke, que serpentean con sus aguas cristalinas entre farallones de roca. Hay barcos que las recorren en toda su extensión en una excursión altamente recomendable. 


Con extraño sentido del humor, alguien ha colocado en lo alto de un risco que cae 200 metros a plomo sobre el río Iya la estatua de un Mannekenpis, un niño en actitud de orinar sobre el vacío.

Aún quedan en pie en la zona algunas de las casas que habitaban tradicionalmente los samurais. Con su techo de paja y sus suelos de madera muestran claramente el estilo de vida de aquellos guerreros regidos por el bushido, un código de honor que podía llevarlos al harakiri, para lo que tenían permanentemente dispuesta una estancia de la casa.

Energía sísmica

En Shikoku las fuerzas telúricas están muy presentes. La situación de la isla, en el mismo borde donde la placa asiática se superpone a la filipina, hace que sus costuras se levanten con cada movimiento sísmico hasta dejar al aire las entrañas pétreas, amalgamadas de sedimentos marinos y rocas de extrañas formas que atraen a geólogos de todo el mundo. 

Es un lugar inestable, ciertamente, pero cargado de esa energía especial que fascina tanto como amedrenta. En las playas del Cabo Muroto, un agudo saliente triangular en la Prefectura de Kochi -donde Kukai, el gran santo local, practicó sus austeridades en una cueva asomada al mar- es donde ahora se arraciman surfistas de todo el país para aprovechar sus estupendas olas.

Muy cerca de allí, en uno de los 88 templos budistas de la isla, Konguchoyi (Corazón de piedra), se exhibe con orgullo un altorrelieve de barro con la imagen de un monje que, al parecer, llegó en sus meditaciones al concepto cero en el año 150 de nuestra era, mucho antes que los matemáticos árabes. 

El asunto no deja de ser sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta que el budismo no se introdujo en Japón hasta el siglo VI.


El peregrinaje religioso por los numerosos templos de la isla es uno de sus mayores atractivos. Los peregrinos acuden en masa y reproducen un elaborado ritual en cada uno de ellos hasta completar los 88, tal como hiciera el fundador de la escuela budista Shingon, el gran santo Kukai, llamado también Kobo Daishi, que nació en el siglo IX cerca de Takamatsu, viajó a China y trajo el budismo esotérico, la caligrafía y las técnicas de irrigación que transformaron la agricultura japonesa.

Takamatsu es la capital de la Prefectura de Kagawa, al norte de la isla. Muy cerca de allí se halla el templo número 88, que cierra el circuito espiritual. Completarlo es una tarea de varias semanas, si se hace a pie, o de días si se hace en coche, pero garantiza muchos bienes espirituales, algo así como un jubileo en Santiago. Llegados a este punto, la euforia de los peregrinos es enorme, con el plus de haber visitado también el templo Zentsuyi, en la población del mismo nombre, construido sobre la misma casa palaciega donde vio la luz por primera vez Kukai.

Los cansados peregrinos se emocionan mucho aquí y tañen la campana para hacer saber al santo que han llegado. El genuino fervor espiritual que se respira es muy característico de esta tierra y forma parte de la idiosincrasia del pueblo nipón. 

La mayoría de los peregrinos procede de rincones apartados del país y se toman muy en serio su periplo. Por su parte, los lugareños les prodigan todo tipo de atenciones y regalos. No es infrecuente encontrar en los templos grandes cestos de fruta para que cada uno se sirva lo que quiera.

Equidistante de ambos templos, en lo que sería el vértice de un triángulo equilátero, se encuentra el Parque Ritsurin (Castaños), el mayor del país, con sus 75 hectáreas, seis estanques y trece colinas boscosas. 

En el mimo y la paciencia con que los jardineros han ido moldeando los árboles durante generaciones hasta convertirlos en perfectos bonsáis gigantescos ve uno reflejado el alma de este país misterioso. Los más característicos son los Hako-matsu, pinos negros plantados en la época feudal que no han dejado de ser podados con absoluta dedicación durante siglos hasta tener forma de túnel o caja, de donde deriva su nombre. 


Los maestros jardineros de Japón tienen altísima consideración y sus honorarios están entre los más elevados del país. Con su habilidad y talento, con sus formas y creaciones inducen sentimientos muy apreciados por el pueblo nipón: armonía, belleza, paz, respeto, tradición…

Aires poéticos

En medio del parque se levanta una casa de té que viene de la época medieval, cuando el parque era el jardín privado de los distintos señores feudales. Un shogun decidió en 1745 llamar a esta casita asomada al estanque Kikogetsutei (Casa donde se recoge la luna), inspirado seguramente en el famoso poema de Uryôshi: «Recojo el agua y hallo la luna entre mis manos». 

Así se sigue llamando en la actualidad esta joya con piso de tatami y abierta al estanque y a los jardines por sus cuatro costados. 

Aparentemente, no tiene nada extraordinario, pero su sencillez, pureza de líneas, calidad de materiales, elegancia, estilo tradicional y extraordinario emplazamiento la hacen digna de esa compleja cualidad que los japoneses denominan shibui, lo que le ha valido tres estrellas en la Guía Michelín de Japón.


Todavía hay poco turismo extranjero en Shikoku, pero los que busquen destinos auténticos no se sentirán defraudados.

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