18 octubre 2015

El buen rock se quedó en los años 70

Manager, intermediario, broker, organizador de cientos de conciertos y decenas de macro festivales, Barry Holt nació en Olhdam en 1942 y ahora vive en Benissa. 

Ha trabajado de cazatalentos para varias compañías de discos (Dutch Record Company Philips, Fontana Records) redescubriendo genialidades como David Bowie, Lou Red, y Kinks. Inclusó llevó nueva singladura de los Rollings Stones, la del logo de la lengua y labios rojos, pero los dejó porque iban muy pasados de vueltas y de autosuficiencias. 

Declinó ser manager de su amigo Lou Reed, para unirse al actor Stanley Baker, en su faceta empresarial y como promotor. El presentador televisivo Ángel Casas lo llevó a Ibiza y en 1982 promueve el Festival de las Playas, de donde salta en 1984 al Calpe Rock Music Festival. 

Después de aquel contratiempo, se retiró de este mundo en Benissa, donde vive actualmente en una masía sin agua, luz ni teléfono, sólo en compañía de sus caballos y cultivando lo que consumen. Ahora ultima unas memorias que posiblemente desmonten muchos mitos y famas de la música que conmovió al mundo durante las últimas décadas.

Pregunta.–¿Cómo se puede pasar de vivir entre los estruendos más duros de un concierto de rock a la paz de una finca donde ni siquiera suena un móvil?

R.–Quizás y precisamente por eso, por la sobresaturación. La música por la que había dado mi tiempo y mi vida dejó de interesarme al convertirse en puro negocio controlado por multinacionales y personas que ni siquiera la entendían. Por otra parte, la mayoría de las estrellas que habían nacido para crearla partiendo del jazz y de la música negra se acabaron convirtiendo en "estrellas" mimadas por enormes tropeles de gente joven que los mitificada más que conocía el espíritu de su música.

P.– Sin embargo hasta el Festival de la Isla de Wight en 1970, todo parecía sincero y espontáneo...

P.–Bueno, casi todo. Había unos grupos, a nadie se le escapa que los Beatles y los Rollings, además de otros como Chuck Berry, Dylan, Simon and Garfunkel, etc.. Al principio se creían y creían en lo que estaban diciendo y componiendo. Pero en 1976 se acabó todo aquello, si es que alguna vez hubo algo.

P.–¿Y todo empezó en Inglaterra con los grupos skiffl (guitarra acústica, bajo, banjo, e instrumentos caseros) que copiaban a los americanos?.

R.–Más o menos. Tenga en cuenta que The Quarrymen era un grupo skiffle que acabó en The Beatles, o que Mick Jagger sólo tocaba la armónica con The Barber-Coyler Skyffle Band, aunque ahora reniegue de ello. Yo mismo me construí mi propia guitarra. Lo hacíamos por divertirnos y la mayoría de la gente de los suburbios que se conocían en las escuelas de grado medio, alquilaban un garaje o unos bajos y después, si aquello funcionaba, tocaban en cualquier garito esperando que alguna empresa discográfica, por pequeña que fuera, les editara su primer single. Había improvisación y frescura.

P.–Ha hablado de los dos grupos más importantes del siglo XX como son los Rolling y los Beatles, a quienes conoció, sobre todo a los últimos, muy personalmente. ¿Qué opina de ellos desde su perspectiva actual?

R.–Tengo la peor opinión de Paul McCartney y de Mick Jagger, sólo les interesa el dinero y la fama. Otra historia fueron George Harrison o Brian Jones, incluso Taylor y Wood, pero pintaron bien poco porque aquí quien mandaba en los grupos eran los que firmaban la autoría de las canciones.

R.– Keith Richards ha firmado casi todas...

P.– Keith está loco, y sólo le importa andar colgado del alcohol y las drogas, y la adrenalina que le dan los conciertos. Podrían quitarle el cable del amplificador y seguiría tocando igual. A partir de sus grandes éxitos cuando se pasaban meses como números uno de las listas de éxitos, tenían y siguen teniendo una legión de compositores a su servicio y a los que no pagaban demasiado. Algún día habrá que escribir la historia de estos negros.

P.–Usted lo está haciendo...

R.–Yo estoy escribiendo una especie de memorias cuyo título puede ser Star Seacher, Star Maker o Star Breaker (rompedor de estrellas) en donde pienso contarlo todo desde principios de los 60 hasta mediados de los 80. Después de andar 25 años retirado de ese mundo nada me obliga a callarme lo que viví en primera persona. Creo que ya va siendo hora de desmontar muchos mitos de entonces, y de contar cómo las estrellas de un mismo grupo se odiaban entre sí tanto como los jugadores de fútbol hoy en día. La fama los convertía en pequeños monstruos individualistas y caprichosos.

R.–¿Tal vez y entre otros los de Lou Reed y David Bowie, a quienes conoció muy de cerca?

P.–Bowie es un gran actor y el egocentrismo en su sentido más puro. Las letras de sus canciones las componía copiando a poetas de su época y cambiando los versos de sitio; no es tan intelectual como algunos piensan. Respecto a Lou Reed fue magnífico en su época neoyorquina, pero luego también lo absorbió el star system.

P.–¿Cree que Eric Clapton ha sido el mejor?

R.–No, fue muy bueno, pero Jeff Beck o Jerry Lee Lewis, capaces de tocar en cualquier pueblucho, y por pocos billetes, son a mí entender los mejores porque llevaban la música en el corazón. Precisamente Jerry tocaba el piano, que es el que va a dar el gran vuelco a las pequeñas bandas cuando venga el rock sinfónico. Aunque este tipo de rock no me interesó nada porque los técnicos con los sintetizadores, e incluso ordenadores de entonces, acabaron con la belleza de la improvisación. El último gran grupo inglés fue The Who.

P.– Supongo que todavía quedará alguno...

R.– Sí, pero en manos de los intereses discográficos. A Peter Gabriel o Bruce Springsteen, por citarle a dos muy buenos, no les dejan sacar un disco hasta que no le interesa a la productora. Le insisto en que a mitad de los 70, se acabó el gran rock.

P.– Y se viene para España en el 82 a organizar el festival de Ibiza.

R.– Aquello estuvo cojonudo porque cualquier grupo inglés deseaba y aun desea venir a España a tomar el sol, emborracharse, comer bien y, si encima le pagan algo, pues mejor. Fue entonces cuando conocí a grupos interesantes como Medina Azahara, Triana, etc. pero los grupos españoles no tenían libertad de movimientos porque las empresas y managers de Barcelona lo controlaban todo, como pude comprobar cuando monté el primer gran festival de rock durante tres días seguidos en Calp.

P. – ¿Fue un pequeño o gran fracaso, según se mire?.

R. – Ya lo he dicho: desde Barcelona no dejaban venir a ninguna figura española. Así que tuvimos que traerlas todas de fuera, principalmente de Inglaterra. Por otra parte las autoridades locales y provinciales alicantinas no ayudaron en nada. Dave Edinunds, Jimmy Cliff o la Orquesta Mondragón tocaron de casualidad durante los tres días que por primera vez duraba un macroconcierto. Los de Benicàssim lo copiaron todo.

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