12 enero 2013

Liv Tyler y sus espectaculares interpretaciones

Ahora entiendo por qué el pasado verano, cuando fui a Toscana a hacerle una entrevista, mientras rodaba Belleza robada, Bernardo Bertolucci hablaba y no paraba de su admiración por Jean Renoir, y me confirmaba que la película de su vida sigue siendo La regla del juego.

No es, pues, por casualidad, que su nueva producción, escrita en colaboración con la delicada novelista Susan Minot, tenga la concertación coral, el gusto paisajístico y la finura de algunas de las obras de Renoir, como La comida sobre la hierba. Ante el desafío de delinear con toques ligeros el retrato elusivo de una joven mujer, Bertolucci piensa inmediatamente en la pintura del Renoir padre.

En este sentido hay que interpretar el prólogo, una película de aficionado que un desconocido compañero de viaje rueda en el avión que conduce a Lucy a Roma, siguiéndola después en el tren, hasta su llegada a Siena, donde, sin presentarse, el anónimo cineasta le regala la cinta. Inútil precisar que en la persona del tierno «voyeur», el director se representa a sí mismo, confesando el propósito de observar la fresca y tierna belleza de una joven mujer. Pero, además de espiar al personaje, el autor no duda en considerarlo como una metáfora de sí mismo, siguiendo las mejores tradiciones literarias de los tiempos de las relaciones de Flaubert con Emma Bovary.

Ambientado en una comunidad anglófona entre sugestivas esculturas que, en realidad, son creaciones de Matthew Spender, el hijo «toscanizado» del poeta, el relato tiene una clave de intriga: el misterio de Lucy, una larga peregrinación a los lugares donde su madre, poetisa y suicida, fue brevemente feliz y, donde la muchacha, hace algunos años, probó la embriaguez del primer beso de un italiano al que ahora suspira por volver a encontrar. Su padre (que se quedó en América y al que no veremos nunca ni conoceremos sus oscuras motivaciones: daría materia para otra película) ha premiado a Lucy, mándandola a hacerse un retrato esculpido en madera por Ian (Donald McCann), un artista raro que vive en la casa de la colina con su mujer, Diane (Sinead Cusack), y una pequeña corte de expatriados.

En medio de tal compañía, la protagonista quiere descubrir al hombre que, amando a su madre una sola noche, según una poesía de la desaparecida, la engendró. En definitiva, quiere conocer a su propio padre. Podría ser el escritor Alex (Jeremy Irons, en una interpretación magistral) que al contacto con la americanita soportará mejor su destino de enfermo terminal; o Carlo (Carlo Cecchi), un periodista «snob» que conocemos mejor durante una fiesta felliniana en una gran villa renacentista, mientras evoca bailando la caída de Saigón; o, como en los triángulos de calidad, el rostro insospechado del tercer hombre.

Mientras tanto, Lucy flirtea abiertamente con su admirador de antaño, al que descubre indigno de su confianza y como un aprovechado, y termina entregando delicadamente su virginidad al hermano pequeño de éste (Ignazio Oliva), bajo una gran encina en la cima de una colina. Y de la jovencita surge la mujer, al igual que del leño surge su imagen, bajo el escalpelo de Ian.

En concepto de armonía -armonías que van de Mozart a la música pop-, animan el escenario otros personajes. Como el pequeño patriarca, Jean Marais, bajo la figura de un arterioesclerótico marchante de arte.

Aparece y desaparece Stefania Sandrelli, ocupada en seducir al jovencillo Francesco Siciliano.

Suscita sarcasmos el atlético americano D.W. Moffet, al que también le gustaría liarse con Lucy...

Y además, el ojo de la cámara, en manos del operador Darius Khondji, parece extasiado ante la vuelta de Lucy In The Sky, como la llama Alex, utilizando un título de los Beatles. Una Lucy impenetrable detrás de su máscara de agua y jabón, como los más inefables secretos de la vida. Un personaje al que el cineasta atrapa y aprieta palpitante en la extraordinaria interpretación de Liv Tyler.

Liberado ya del pesimismo edípico de La estrategia de la araña, rodeado de paisajes que parecen sacados de la gran pintura del Renacimiento, Bertolucci descubre, más allá de las «reglas del juego», que se puede llegar a la perfecta armonía en las relaciones entre padres e hijos.

Y, por consiguiente, Belleza robada consigue transformar la belleza en serenidad. No me sorprendería que esta película terminase siendo un clásico del cine.

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