17 abril 2012

Joselito Adame frescura en estado puro

Como tres campanadas de plata había dado Joselito Adame en sus quites. Como avisos de frescura, torería y deseos. Luminoso en sus respectivos turnos en los toros de Salvador Cortés. De las chicuelinas, una por el pitón izquierdo destelló bellísima con la mano baja; por delantales, jugó los codos y el cuerpo con armonía de movimiento hasta salir airoso con el capote al hombro; y en el sexto dibujó con perfecta coordinación y pulcra limpieza las zapopinas antes de improvisar el broche con el capote a la espalda. Luz al final del túnel; lucidez a la caída de la tarde.


La simpleza del lavado toro del Conde de la Maza remataba una escalera propia de gache de talanqueras de la sierra de Madrid. Cada cual de su padre y de su madre. Adame aprovechó el último cartucho con brillante inteligencia. Brindó al personal, o lo que queda del mismo, y se clavó por estatuarios. El pase del desprecio levantó oles entre exclamaciones admirativas. Y a los medios se fue para ofrecer la zocata a aquella embestida noblota y de finales distraídos. A su altura corrió la mano encajado de riñones; la zurda que se acoplaba como cincel al material para tallar sin molestar. 

En redondo se la dejó puesta escondiéndole las musarañas, poniendo ritmo donde no lo había. Tiempo entre series y administración. Serían cuatro en total y la preliminar. Hasta ahí duró el lavado y largo funo, que se rajó en inoportuno desarme. El torero hidrocálido se perfiló muy en largo y agarró una estocada fenomenal. Del embroque salió prácticamente rodado el toro. Los pañuelos se extendieron en justicia por los tendidos hasta poblar la mayoría. Joselito Adame agitó el trofeo en el puño con agradecimiento y necesidad. Y se lo llevó al corazón.


Si el cárdeno tercero no muere desangrado, se podría decir que Joselito de Aguascalientes sorteó el lote de la corrida o de la cosa ésta recompuesta. Un fino tercero que, a decir verdad, por hechuras respondía como ninguno a los orígenes Núñez del Conde de la Maza. Más que frío de caballos, fue manso de libro y, sin embargo, en la serie que aguantó en la muleta desarrolló elástico y buen estilo. Templada tanda de derechazos, por cierto, de Adame, que vio con incredulidad echarse al toro al rematar. Aquel puyazo, que no pareció tanto, en la querencia, lo baldaría como una sanguijuela. Se encogió el animal y sólo quiso tumbarse a esperar la muerte cierta. Triste principio y triste final. El joven mexicano se asomaría al tercio a recoger la ovación.

De entre los profundos misterios por resolver en la Fiesta, hay uno inextricable que escapa a cualquier lógica: ¿cómo se puede conjuntar para Sevilla una corrida tan dispareja, pelendrina y con el aspecto de pobre que lucía la escalera fuera de tipo del Conde de la Maza? Del toro con lámina y fondo de mulo que destapó la tarde al playero, palurdón y moruchote quinto. Aquél en las primeras de cambio se le vino al pecho a Luis Bolívar muleta en mano. 

No quería capotes ni caballos ni loco, como tampoco humillar. Bolívar resolvió con veteranía y ciencia mejor de lo esperado a derechas; ni medio recorrido halló al natural. Pudo remontar con un cuarto que se presentó silleto, badanudo y manso. También le buscó las vueltas, al hilo de las tablas esta vez. La música se lanzó justo en el preciso momento en que Bolívar, en su único error de la tarde, se cambió la muleta a la izquierda chunga de la embestida: un desarme cortó el pasodoble en seco. Igualaría todo con una estocada cabal. Voló por encima de las circunstancias, y el público se lo recompensó.

Antes de que saltase al albero -ayer regado y más compacto en apariencia que en días anteriores- el toro entipado y desangrado, Salvador Cortés lidió con uno apretado de carnes y rematado de culata de 589 kilos. Le enseñó Adame el pitón zurdo a su compañero en el lindo y ya contado lance por Chicuelo. Y Cortés le dio lectura en los 15 naturales con los que contó. De más largo trazo que de una fineza imposible. Pero apurando lo que le ofrecía el destino. Una estocada corta, antigua y mortal le empujó a saludar. Imposible premio con el morucho penúltimo, que se sacudía la muleta como si quisiese hacer sonar el cencerro.

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