21 diciembre 2011

Paz Vega siempre despelotándose.

He visto estos días como los medios de comunicación se han hecho eco de las imágenes de un calendario en el que la actriz Paz Vega aparece rezando semidesnuda en una capilla dedicada a la Virgen. Al parecer, se trata de un encargo realizado por un fabricante alemán de chocolate, lo que ilustra perfectamente la tesis de la banalización del arte.

Paz Vega lleva encima una mantilla negra transparente mientras, arrodillada en un reclinatorio cerca del altar, implora una misteriosa plegaria con sus manos. Detrás, aparece un retablo con una imagen de la Virgen.

Aunque la actriz dice que es «un homenaje» a la madre de Jesús, no hay duda de que la foto ha sido cuidadosamente concebida para provocar a quienes profesan la fe católica o, al menos, para suscitar un sentimiento de rechazo entre los creyentes.

Lo que ignoran los autores de esta fotografía es que la profanación es un acto de reafirmación de la religión porque sólo se ridiculiza o se descalifica aquello a lo que se confiere un valor.

No hay mayor acto para la reafirmación de la fe que la herejía, no hay mejor propaganda para la existencia de Dios que el ateísmo furibundo. La religión se afirma en el descreimiento que pretende ofender a los creyentes.

Fue precisamente Sigmund Freud uno de los mejores analistas del mecanismo de la ofensa, que en muchos casos expresa el temor inconsciente a lo que se ofende. Por eso, el hijo se rebela contra el padre y el discípulo contra el maestro.

Lo que a Freud se le escapó es que el propio psicoanálisis tiene todas las características de una religión: el rito de la autoconfesión, la figura del analista como Dios omnipotente, la represión como pecado y la absolución como desenlace final de la terapia.

El propio Freud se sintió muy defraudado cuando sus principales discípulos desafiaron sus dogmas y llegó a excomulgar a colegas tan notables como Adler y Jung. La reacción del venerable sabio vienés me recuerda mucho a la indignación de algunos creyentes con esas imágenes de Paz Vega.

Sería curioso profundizar en por qué algunos seres humanos tienen la necesidad de la profanación. ¿Existe una base genética u obedece a raíces culturales? No tengo ni idea, pero en última instancia me parece que la profanación es una especie de regresión infantil contra la figura paterna que Freud identificaba con el súper-yo, que es una introyección de la norma social.

En un mundo tan regulado y tan políticamente correcto, la profanación es una válvula irracional de escape. Lo que quiero decir es que el propio sistema alimenta la profanación, que al final se convierte en una forma de exorcismo del mal. Destruir una bandera, una cruz, una corona o un símbolo es la mejor manera de demostrar su importancia, por lo que los profanadores se trastocan en los mejores servidores del orden que pretenden cuestionar.

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